En el debate sobre el envío de tropas, Rajoy llevaba una corbata de lunares y Rodríguez Zapatero una de rayas inclinadas. Ternos perfectos, similitudes y esgrima dialéctica en la que dan la talla. Ningún acento andaluz. Cosas mías. Hablaron vascos (Olabarría, Barkos, Lasagabaster), castellano leoneses (el Presi), cántabros (Rubalcaba), manchegos (Marín), catalanes (Durán i Lleida, Herrera, Puigcercós), gallegos (Rajoy y los del Bloque) y canarios (Mardones). Otra vez será. Aportamos gran cantidad de políticos, copamos las estructuras de los partidos, pero estamos más en las series televisivas, en la basura del corazón y en la gracia “grasiosa” que en las cuestiones de fondo. No es lo mismo, ese era el mensaje. No es lo mismo Afganistán que Irak; no es lo mismo ser monaguillo de Bush que acólito de Chirac; no es lo mismo una guerra ilegal que legal (?); no es lo mismo ratificar la decisión en el Parlamento, que no hacerlo. Rodríguez Zapatero, no es, no debe ser, no puede ser un fraude. La oposición le acusa de andarse por las ramas políticas de temas accesorios sin entrar en el meollo del modelo de Estado y los separatismos, que ahí le quieren ver. Poco preocupa la economía en manos de Solbes. Lo dijo Felipe González: hay que dejar manos libres y dar siempre la razón a los ministros de Economía. Por eso no deben ser izquierdosos.
La derecha advierte y presagia graves males para la unidad de la patria que Zapatero desmiente sin que los secesionistas alboroten. Alguien se equivoca. El Presidente esboza una encantadora sonrisa a la espera del aplauso y existe la sospecha que se esté “quedando” con alguien. ¿Y si se llevara al huerto a los Ibarretxe y a los Carod? Dura el efecto del “todos contra el PP” y esos todos le tratan en el debate con suaves maneras versallescas, casi con ternura. Por ahora. Algunos dicen que estamos en la fase de lo decorativo y clientelar, aunque otros se defienden y me recuerdan que “hay que hacer políticamente normal lo que al nivel de la calle es normal” citando al Suarez de la Ley para la Reforma Política de los setenta. Pero, ahí no, no era lo mismo. España era una antigualla social y política. Hoy, reconocer política y legalmente los hechos consumados puede ser una catástrofe, una sugerencia a que algunos se anticipen. El “nivel de la calle” puede ser el de Crónicas Marcianas o el del separatismo. Sería oportuno anticiparse con el nivel de la legalidad. La calle, a partir de ahí, que se adapte.

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