Aplausos en agosto

 

Todavía en julio (el 29 concretamente) la soprano Lisette Oropesa se ganó un bis en el Real con el aria “Addio del passato” de La Traviata, o sea que el respetable la pidió que repitiera. Es un raro evento que a mi siempre me emociona y que he vivido con el eterno Leo Nucci y su no menos eterno Rigoletto. Estas repeticiones las pide el público, más o menos motivado, aplaudiendo larga e intensamente. Batir palmas con más o menos ritmo, intensidad o secuencia es una de las más comunes formas de exteriorizar aprobación, bien que compite con algunas secuelas degeneradas que pueden introducir equívocos interculturales. Patear, abuchear, silbar, aullar o gritar diversas interjecciones, son formas de expresión legitimadas dentro de muchas culturas, a veces de confuso significado universal. Pero el aplauso, es el aplauso. Mi generación de racionamiento, austeridad y picaresca conoció la distributiva institución de la “claque” que nos permitía un modesto acceso a la cultura: ir de gorra al teatro con el compromiso de aplaudir la obra a la orden de un “jefe”, actividad modernizada luego por la tecnología de las risas enlatadas o por la autoridad de un director de realización que ordena al público cuando aplaudir, en lamentable metáfora del totalitarismo. En la adversidad, a todo dios ibero se dedican abucheos y aplausos, como en los toros, y últimamente con largueza. Aplaudimos a los sanitarios y ellos a nosotros en un pintoresco juego de espejos, en bucle. A los trabajadores de servicios esenciales y a los que no lo son; a las fuerzas del orden, a la legión, y muy sorprendentemente, el gesto se extiende a los que nos gobiernan. Claro que se jalean entre ellos, entre sus propios conmilitones, en un gesto de autocomplacencia que revela la carencia de abuela que les cante sus virtudes. El aire retrechero y cañí del presidente Sánchez en los paseíllos que se marca, ya al retorno de sus conquistas exteriores, ya en sede parlamentaria, sin duda reclama un aplauso dirigido por sus jefes de “claque”, lo que denota una gran coordinación y una estimable desvergüenza.

Si los pueblos tienen los gobernantes que se merecen, que son epítome de las virtudes colectivas, caben pocas dudas de que somos una panda de mentirosos, amantes del autobombo y de la picaresca, y que gran parte de los españoles están contentos con su líder como sistemáticamente nos recuerda Tezanos. “Sancho: la alabanza propia envilece”, le decía don Quijote antes de irse a gobernar Barataria, así que, cuando menos, los turiferarios serían unos viles deseosos de que el aplauso provoque sucesivos “bises” para beneficio de unos pocos. Entre tanto, la realidad es tozuda y nos coloca en las estadísticas y gráficos en un continuo desmentido de las pseudo verdades cocinadas. Este arte de la impostura y la falsificación sí que merece un aplauso como tramoya y artificio, como escenografía del engaño. Y nos encierra dentro del relato.

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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