BREVE HISTORIA DE LA EUFORIA FINANCIERA-ARIEL SOCIEDAD,BARCELONA, 1991
GALBRAITH, JOHN KENNETH

`Breve historia de la euforia financiera`

Ariel Sociedad Economía, Barcelona, 1991

RESUMEM/RESEÑA

PREFACIO A LA EDICION ESPAÑOLA

– Lo que aquí se cuenta representa una invitación a la cautela, una llamada de atención contra el atractivo y contra la posibilidad de convertirse en víctima de la más ineludiblemente cierta de las aberraciones del capitalismo: la emoción generada por los, en apariencia, nuevos instrumentos financieros y por el presunto genio de sus artífices.

PROLOGO

– Alfred Marshall, el profeta reverenciado de la economía neoclásica, afirmaba que nada debería temer tanto un economista como el aplauso.

– Cualquiera como individuo, es aceptablemente sensible y razonable; como parte de la multitud, de inmediato se convierte en un estúpido.

– Sin duda, se convendrá en que la economía de libre empresa se entrega a episodios recurrentes de especulación.

– Walter Bagehot, escritor de temas financieros y con anterioridad director de The Economist. A él le debemos la observación de que `todas las personas son tanto más crédulas cuanto más felices`.

CAPITULO II

LOS DENOMINADORES COMUNES

– Los rasgos comunes son recurrentes.

– La euforia forma parte del episodio de especulación, y la masa escapa de la realidad, lo que excluye cualquier consideración seria acerca de la verdadera naturaleza de lo que está ocurriendo.

Hay otros dos factores que contribuyen a esa euforia y la sostienen.

– El primero de dichos factores es la extrema fragilidad de la memoria en asuntos financieros.

– Debe haber pocos ámbitos de la actividad humana en los que la historia cuente tan poco como en el campo de las finanzas. La experiencia pasada, en la medida en que forma parte de la memoria de todos, es relegada a la condición de primitivo refugio para aquellos que carecen de la visión necesaria para apreciar las increíbles maravillas del presente.

El segundo factor que contribuye a la euforia especuladora y al ineluctable colapso es la engañosa asociación de dinero e inteligencia.

– El dinero es la medida de toda realización capitalista. A más dinero, mayor es el logro y la inteligencia que lo apoya.

Además, en un mundo en el que para muchos la adquisición de dinero resulta difícil, y las sumas a las que acceden son a todas luces insuficientes, la posesión de dinero en elevadas cantidades parece un milagro. Así pues, esa posesión debe asociarse a algún genio especial.

– En realidad, semejante reverencialismo por la posesión de dinero indica una vez más la cortedad de memoria.

– Tener dinero puede significar, que la persona se muestra neciamente insensible a los imperativos legales.

– O tal vez el dinero provenga de una herencia.

– Por lo demás, fortuna y supuesta competencia en asuntos financieros acostumbran a excluirse.

Por último, y para más concretar, tendemos a asociar una inteligencia fuera de lo corriente con la dirección de las grandes instituciones financieras.

– Otro factor interviene en este punto. Aquellos que poseen dinero para prestarlo, por la fuerza de una arraigada costumbre, por tradición y más en concreto, por las necesidades y deseos de los prestatarios, otorgan una especial importancia al trato deferente en su rutina diaria.

– `Si se me trata de esta manera es porque debe de ser inteligente`.

– La regla se repetirá a menudo en estas páginas: El genio financiero precede a la caída.

– De manera uniforme; en todos los acontecimientos de este tipo domina la creencia de que hay algo nuevo en el mundo.

– La regla en cuestión dice que las operaciones financieras no se prestan a la innovación.

– El mundo de las finanzas aclama la invención de la rueda una y otra vez, a menudo en una versión algo más inestable. Toda innovación en este terreno implica, de una forma u otra, la creación de una deuda garantizada en mayor o menor medida por unos bienes tangibles. Esto fue cierto en una de las primeras supuestas maravillas: cuando los bancos descubrieron que podían imprimir billetes y entregárselos a los prestatarios en un volumen que excedía los depósitos en moneda acuñada custodiados en las cámaras acorazadas.

– Michael Milken, de la compañía de inversiones Drexel Burnham Lambert, patrocinador inigualado de esos bonos, fue aclamado como un innovador en el campo de las finanzas.

– La ira se dirigirá a los individuos que con anterioridad fueron más admirados por su imaginación y agudeza en asuntos financieros.

– Nada es más notable que esta observación: al día siguiente de la especulación, la realidad será ignorada casi por completo.

Existen dos razones para que sea así. En primer lugar, muchas personas e instituciones se han visto envueltas en el asunto, y en tanto resulte inaceptable atribuirlo a error, credulidad y exceso de una persona o incluso de una empresa en concreto, se dispensa de achacarlo a una colectividad y, desde luego, a la comunidad financiera en su conjunto.

– La comunidad financiera, habrá que admitirlo, se encuentra intelectualmente por encima de tan extravagante error.

– La segunda razón de que ánimo y la manía de especulación estén exentos de condena es teológica.

– Así pues, existe una necesidad de encontrar alguna causa del hundimiento, pero alejada, o sea externa al mercado en sí.

CAPITULO III

LOS CASOS CLASICOS I: LA TULIPAMANIA, JOHN LAW Y LA BANQUE ROYALE

CAPITULO IV

LOS CASOS CLASICOS II: LA BURBUJA

– Aquí quedaron de manifiesto las previsibles características propias de la aberración financiera. Se daba un gran apalancamiento sobre los reducidos intereses que abonaba el Tesoro por la deuda pública. Los individuos fueron peligrosamente cautivados por la creencia en su propia perspicacia e inteligencia en asuntos financieros, y transmitieron este error a otros. Se brindaba una oportunidad de inversión rica en perspectivas imaginadas, pero inane si se examinaba serenamente la realidad. Algo en apariencia emocionante e innovador se apoderó de la imaginación del público, en este caso la sociedad por acciones, la cual, por lo demás y como ya se ha dicho, tenía un origen decididamente más antiguo.

– Y como fuerza operativa, ignorada según cabía esperar, actuaba el abandono del buen sentido por el público en masa, en pos del beneficio.

Pero, excepcionalmente, esta última circunstancia fue reconocida andando el tiempo. Charles Mackay, en un relato muy agudo de la `Burbuja de los Mares del Sur`, señaló cuál era la verdad:

(En el otoño de 1720) en cada ciudad de alguna importancia del Imperio se celebraron reuniones públicas en las que se elevaron peticiones, solicitando que el legislativo hiciera recaer la venganza sobre los directivos de la Compañía de los Mares del Sur, los cuales, mediante sus fraudulentas prácticas, habían conducido la nación al borde de la ruina. Nadie parecía imaginar que la propia nación era tan culpable como la Compañía de los Mares del Sur. Nadie censuraba la credulidad y la avaricia del pueblo; el degradante afán de ganancia… ni tampoco la obsesiva pasión que había inducido a la multitud a apresurarse e introducir la cabeza, con alocada avidez, en la red tejida para ella por los artífices de aquella iniciativa. Pero estas cosas jamás se mencionaron.

CAPITULO V

LA TRADICION AMERICANA

– La política financiera del joven país fue conservadora, influida inicialmente por el recuerdo, aún fresco, de la inflación acarreada por la divisa continental: la amplia disponibilidad de papel determinaba una necesariamente limitada disponibilidad de artículos. Así, en Virginia un par de zapatos costaba 5.000 dólares y más de 1.000.000 un guardarropa completo.

– Podía haber manía, como afirmó Joseph Schumpeter, pero la manía era un detalle en un proceso más amplio, y el papel benéfico de la consiguiente contracción y depresión había de restaurar la salud normal y expulsar el veneno del sistema, como algunos otros eruditos puntualizaron.

– En 1907, después de otra huida de la realidad, menos dramática y centrada esta vez en Nueva York, sobrevino el llamado pánico de Wall Street. Sigue siendo memorable por la creencia de que J.P. Morgan, con su llamamiento para que los fondos públicos y privados acudieran en ayuda de la amenazada Trust Company of America, y con su otro llamamiento al clero de Nueva York para que en sus sermones predicara la confianza e infundiera ánimos, condujo la crisis a su final por su sola iniciativa. Lo cual es discutible. Un hundimiento se termina sin necesidad de la intervención divina.

CAPITULO VI

1929

CAPITULO VII

EL REGRESO DE OCTUBRE

Permítasenos subrayarlo una vez más, y en especial para quien estuviera inclinado a un escepticismo personalmente gratificador: a efectos prácticos, la memoria en asuntos financieros debería considerarse que dura, como máximo, veinte años. Este es el tiempo que suele precisarse para que los frutos de un desastre queden borrados, y para que alguna variante de la demencia anterior rebrote a fin de cautivar la mente de los financieros. Suele ser también el tiempo generalmente requerido para que una nueva generación irrumpa en escena impresionada, como ocurrió con sus predecesoras, por su propio genio innovador. Sin poder sustraerse a esta impresión, es arrastrada por otras dos influencias que operan en el mundo financiero, muy seductoras y que conducen al error. La primera, como se ha señalado suficientemente, es la facilidad con que un individuo, al prosperar, atribuye su buena fortuna a su superior perspicacia. Y cuenta asimismo la tendencia, que acompaña a la anterior y que protagonizan las muchas personas que viven más modestamente, de atribuir una aptitud mental excepcional a quienes, por lo demás con imprecisión, se identifica como ricos.

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