Camellos y agujas

 

Desde siempre, una de las grandes reflexiones de la humanidad se ha realizado sobre la riqueza. No fue extraño que la editora de la Enciclopedia Británica la incluyera entre las 102 ideas más importantes, en torno a las cuales se articulaban los temas rastreados en los 60 tomos de su publicación “Grandes Libros del Mundo Occidental”. Tanta tradición y acervo intelectual no parecen haber servido mucho para alcanzar un paradigma unánime sobre la riqueza ni como fin, ni como medio; ni como objeto indiscutible de la economía (desde antes de Smith hasta nuestros días) ni como susceptible de valoración moral y ética. Aunque Aristóteles ya sentenciaba en suÉtica a Nicómaco que el objetivo de la medicina es la salud y el de la economía, la riqueza. Al fin y al cabo la economía positiva trata de conocer el funcionamiento de los procesos económicos y la economía normativa de introducir acciones en los mismos que conduzcan a la eliminación de la penuria.Todos tenemos enorme dificultad para escapar a la omnipresencia de la riqueza, de su suficiencia o no. Por supuesto en el ámbito privado, pero también en el ámbito público donde los debates sobre el salario mínimo, los presupuestos o las desigualdades no hacen más que reproducir conflictos eternos entre los que tienen y los que no, bien que con más sofisticación y datos. Identifico fácilmente una humana contradicción entre la desconfianza ante la riqueza y el universal deseo de ser ricos como lo demuestran las confesiones de parte, pero sobre todo la inmensa cantidad de dinero gastada en apuestas y todo tipo de juegos de azar. Claro que me digo que todo es cuestión de dimensión y justicia, o sea que vemos bien que el camello no pase por el ojo de la aguja (Mt. 19, 24) pero que hay que determinar qué tipo y tamaño de camello y de aguja.

Hace días, a la izquierda auténtica nada le gustó que el señor Amancio Ortega practicara un mecenazgo legal y eficiente, y mucho menos que fuera en sanidad porque ahí compite con las prestaciones atribuidas en exclusiva al estado del bienestar que, según predican, anda mal porque los ricos pagan pocos impuestos, no porque sea un pozo sin fondo. Las críticas en los medios y “redes” bajaron de tono después de las elecciones no sin dejar de insistir que el dadivoso es un “multimillonario” o sea de un rico sin matices: un camello generoso, como lo es el Estado con nuestro dinero. Este fin de semana, la Asociación Española de Fundaciones se declara defensora de una cultura “para que lo que se vea mal sea no donar” (sic). Está por la colaboración público-privada y la filantropía, lo cual parece de sentido común. Pero para eso hacen falta los ricos que en Andalucía no hay. Vean las recaudaciones “per cápita” de la Hacienda Pública. Ya Margaret Thatcher observaba que el buen samaritano ha pasado a la historia no sólo por su caridad, sino gracias a que tenía dinero para socorrer al necesitado.

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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