Cañones o mantequilla

 

Me toca debatir con respetables gentes de buena fe que apuestan por la mantequilla y rechazan la producción de cañones. Actualícese a “corbetas” de esas que se van a construir en Puerto Real para Arabia Saudí, e intento escapar del estereotipo del belicista desaprensivo. Casi imposible, más con la que está cayendo –literalmente- en Siria. La superioridad moral de la progresía posmoderna se fundamenta en un generalizado buenismo escapista y en un torrente de datos falsos o parciales, todo ello imposible de desmontar sobre la marcha y doctrinalmente inasequible a cualquier evidencia contraria. Imaginen que además uno se mete en berenjenales de mayor cuantía y aduce que la guerra es una constante histórica en cualquier sociedad y que expertos en teoría de juegos lo ven como un desenlace racional, porque si fuera irracional deberíamos abandonar cualquier esperanza de encontrar paliativos. Mis idealistas interlocutores defienden que España no debería producir armamento con la misma actitud de ingeniería social con que invocan de continuo el cambio de modelo productivo, la única utilización de energías renovables o la eliminación del uso del automóvil, objetivos con los que no se puede estar en desacuerdo ni, por supuesto, atreverse a invocar el coste, las consecuencias imprevistas, ni mucho menos inquirir la forma de alcanzarlos sin pasar por encima de la libertad y de las preferencias de los ciudadanos. Los más experimentados (viejos) del lugar llegamos al modelo metafórico de “Guns and butter” a través del manual “Curso de economía moderna” (sic) (mi ejemplar es de 1964) del profesor Samuelson pulcramente traducido por el añorado José Luis Sampedro. La imagen venía a cuento para ilustrar la llamada curva de posibilidades de producción: con factores limitados hay que elegir cuánto de un producto y cuánto de otro. Eso si hay demanda suficiente, y me temo que hoy el ejemplo esté en desuso porque sobra mantequilla y sin embargo la demanda de armas es creciente. Después de esta digresión teórica vuelvo a Cádiz (o a la Isla de León) y a los buques (que ya son meras plataformas para que cada cual monte lo que quiera) y sugiero que el radical pacifismo interlocutor se debe a que no les incumbe el dilema.

Quienes hemos vivido múltiples dilemas decisorios, somos proclives a la empatía o sea a ponernos en los “zapatos” de quien tiene la responsabilidad de decidir y se traga todos los sapos. Además el comercio entre países siempre fue una forma de relación y apaciguamiento al menos por interés, y sus enemigos (Escohotado dixit) lo saben. Así que sin que todo me parezca bien, las corbetas hay que hacerlas y cuantas más mejor. Para ser sincero más me preocupa cuál sea el reparto entre El Ferrol y Cádiz, cuál sea el nivel tecnológico de nuestras aportaciones, quién elija y decida sobre equipos y “makers”, y cosas así, tecnocráticas y economicistas, lo confieso.

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

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