No me gustan los catalanes. Es decir, me gustan algunos. Por ejemplo mis compañeros de carrera o de mili. Joaquim, Pep, Carles, y también otros y otras con los que conviví, viajé, trabajé, me divertí. Eran y son admirables. Aprendí de ellos, les acogí y me acogieron, intercambiamos celebraciones familiares, inquietudes culturales y académicas. Admito que también me agrada su sociabilidad, su voluntad para hacer juntos proyectos y realidades. Tampoco me repele su leve gesto de superioridad, por otro lado tan español, ni sus estereotipados rasgos de tacañería o aquello del “seny y rauxa”, ni la simpleza del “pa amb tomáquet”. Si acudo a sus creaciones culturales y sociales, ahí ya me rindo. Más acá de Gaudí o Miró, de Nuria o Tapies, se me avalancha todo lo moderno, lo clásico y el pop de una vida pasada jalonada de cantautores, de músicos de pintores y de poetas. Amigos y compañeros de viaje de muchos años. A éstos también los excluyo de mi disgusto, y no hace falta que lo haga explícito con el Barça y aquel “dream team” que ha pasado a la historia como referente deportivo. Ya pueden suponer que los párrafos anteriores los podría rellenar de nombres, lugares, momentos, pero no me anima un análisis cualitativo sino más bien a una aproximación cuantitativa. Cataluña tiene cerca de siete millones y medio de habitantes, y a poco que voy añadiendo personas y colectivos que me “gustan” (incluidos los imprescindibles de ascendencia andaluza) me doy cuenta de que de los siete millones y medio se quedan muy pocos fuera. Y, lo que era obvio, estos pocos no me caen mal por su condición cataláunica. Me siento un poco como Michou. En la divertida y sugerente película “La crise” de la polifacética Coline Serreau, aparece un tal Michou, “el racista”, que en un estilo cómico representa a un parado proletario que vive en la “banlieu” obrera de Neuilly y se confiesa enemigo de los inmigrantes (“les arabes”), que son sucios, no hacen nada, tienen prioridad y ayudas sociales, y les quitan los puestos de trabajo. Cuando su acompañante, burgués y francés, le visita en su menguado apartamento y comprueba que se reúne y cena con los Ahmed, Fátima, Alí o Idrís, le echa en cara la divergencia entre sus “principios” racistas y su práctica integradora. Michou no ve ninguna contradicción. Los del bloque, los del barrio, no son los árabes invasores a los que él se refería. Éstos son sus amigos.

Seguiré pronunciándome a favor de la ley y de la unidad de España, pero he bajado el diapasón en las comunicaciones con “mis” catalanes, porque quiero proteger nuestra relación personal de la enajenación colectiva, de una sociedad desquiciada por unos políticos separatistas que ya a estas alturas han pasado de malvados a estúpidos: esos que según el historiador económico Cipolla hacen mal a los demás sin conseguir ningún bien para ellos mismos. Cuando pase el huracán será más fácil reparar los daños

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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