El éxito indudable de los populismos se debe a una demanda insatisfecha de confirmación y consuelo, y a una oferta oportunista que se adapta sin paliativos a la misma. Observen que no entro en la adjetivación si de izquierdas o de derechas porque el fenómeno tiene un carácter transversal, como bien han puesto en evidencia los muchos analistas que se han ocupado del mismo, o bien de la demagogia, de la propaganda o de la manipulación de las masas y de otros territorios afines. Aquí en desorden, señalo algunos como entretenimiento en un formidable atasco en una autovía que me lleva a Cádiz y me permite divagar sobre los efectos colaterales de las decisiones económicas, la indeterminación del interés general o sobre los precios como semáforos de la economía. Y sobre cuál sería la mejor hora para ponerse en ruta en busca del levante. De forma casual escucho por la radio a Gabinete Caligari echando la culpa de su aventura erótico-taurina al contexto musical, “sí fue del Cha-cha-chá, que me volvió un caradura por la más pura casualidad”. Para comenzar, todo mensaje populista debe ser simple, en plan Schmitt o Lenin. Dicotómico a ser posible, apoyado en una brecha social aprovechable, ampliable, inagotable. Si se trata de economía es muy útil referirse a los datos, hechos, y sobre todo modelos que son el orgullo profesional de todo economista que se precie frente a otras tribus como politólogos o sociólogos (remito al impronunciable Leijonhufvud). La máxima académica es que un modelo debe ser tan simple como se pueda, “pero no más”, y es esta coletilla la que hay que saltarse a la torera para ser eficientemente persuasivo, ganador en tertulias, debates y medios de comunicación. Es cierto (Rodrik lo reitera) que “contextos diferentes —mercados, entornos sociales, países, periodos temporales, etc.— requieren modelos diferentes, y ahí es precisamente donde los economistas suelen   encontrar problemas”. Me permito aventurar que los populismos tienen explicaciones simples para todo y, consecuentemente, culpables perfectamente identificados (siempre es menos costoso elegirlos que buscarlos). En el caso del populismo de izquierdas es notable su capacidad para renovar el vocabulario y agrupar a indignados bajo diferentes banderas en una tarea común de conquista del poder, que ya veremos luego cómo se reparte. Pero lo que caracteriza al mejor populismo es la exoneración de responsabilidad al individuo, a la “persona humana” en terminología no sexista. ¡Qué tranquilidad! ¡qué consuelo! Usted no es responsable ni mucho menos culpable de nada y máxime si pertenece a alguna de las múltiples “mayorías sociales”. Ni de la contaminación, ni de los accidentes, ni de la baja productividad, ni del machismo, ni de los gobiernos inicuos, que eso queda para los “sospechosos habituales”: heteropatriarcas, propietarios, empresarios, bancos, y al final, el capitalismo. Y si no cuela, siempre quedará el chá-chá-chá .

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

 

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