Entre 1347 y 1351 la Peste Negra, con una inesperada velocidad de contagio, acabó con un tercio de la población europea de la época. Abramos con un panorama tenebroso como cualquier Telediario para luegopedir excusas al respetable por establecer analogías y paralelismos entre enfermedad y pobreza, cuando está socialmente asumido que es más importante la salud que el dinero aunque pocos actúen en consecuencia. Lo moderado y ecléctico es defender que no hay salud sin dinero, ni viceversa, pero eso nos dirige a los vericuetos de la justicia social, y hoy no toca. Allá por el olvidado 2008 comparé la crisis económica con la peste, y bebí en el pozo de sabiduría de eminentes historiadores andaluces que los hay y suficientes, aunque nadie aprenda de ellos. Recordé que las causas de aparición del mal eran desconocidas para los contemporáneos que la atribuían a la conjunción de los astros (Saturno, Júpiter y Marte en el cuadragésimo grado de Acuario), la suciedad, y la presencia de los miasmas en el aire. Los catedráticos de la Sorbona (que los había) convocados por el rey de Francia, proporcionaron esta versión oficial siempre respaldada por la permanente causa de la cólera de Dios.La solución más acertada y recomendada era la de huir rápido, lejos de los focos de infección y volver tarde (en latín “Cito, Longe, Tarde”). El contagio, la ignorancia de la causa, su expansión, la insufrible mortalidad o la ausencia de remedio facilitaba la comparación con la gran recesión económica de la que se culpaba a las hipotecas subprime, a la innovación financiera, al crédito barato, a la desregulación, a la globalización, y finalmente al capitalismo porque es el culpable por defecto. La retórica de lo económico echa con frecuencia mano de las metáforas de base médica (hablamos de la salud de la economía) y menos ocurre al revés aunque interacciones reales sigue habiendo como nos demuestra la “anemia” de las cotizaciones bursátiles o la “parálisis” de algunos sectores productivos. Aquí parece que sabemos el origen del mal epidémico porque ya le hemos puesto el nombre de covid19 o coronavirus, pero el resto de conocimientos “técnicos” resulta, al menos, confuso más allá de saber poco. Seiscientos años después se supo que era un bacilo, que “subido a una pulga”, luego a una rata, a un barco, y a varios huéspedes llegaba en pocos meses de Asia a Sevilla. Ahora sabemos más de medicina que en el siglo XV pero muy poco de comunicación y menos de su administración, y ésta es sobre todo una crisis de información. De nada sirve quitarle importancia económica, porque el lenguaje es de gestos y actuaciones de quienes deben saber más y actuar mejor. Si los iraníes cancelan la oración colectiva de los viernes, las empresas paran, los suizos prohíben las aglomeraciones o los japoneses declaran el estado de emergencia, el ciudadano de a pie entiende el mensaje. A su manera.

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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