ECONOMÍA ANDALUZA 2007: LA RANA COMO METÁFORA

 

 

 

Primer diagnóstico: falta (sigue faltando) industria

            Llaman herpetología a la ciencia que estudia los anfibios, esos vertebrados sorprendentes que sufren a lo largo de su vida un proceso de cambio notable y que tan útiles son para la experimentación científica. Quizá los más simpáticos sean las ranas. En las fábulas, los cuentos de hadas o los Teleñecos siempre hay un personaje “ranificado” que, o se transforma en príncipe, o demuestra otras no menos cautivadoras y sorprendentes habilidades ante el pasmo y regocijo de niños y mayores. Las ranas -esos ex reptiles a punto de ser peces- no solamente han sido útiles en los tests de embarazo y en el estudio de los mecanismos nerviosos, sino que han desatado la fantasía creativa y metafórica de los humanos, quizá por sus metamorfosis, por su aspecto primitivo, por su abrupta movilidad, o vaya usted a saber por qué. La cuestión es que tampoco la economía ha podido sustraerse a la utilización de ciertas propiedades del batracio para ilustrar algunos fenómenos económicos, a veces más teóricos que reales. Este es el caso del “leapfrogging”, literalmente algo así como la práctica del brinco de la rana para saltarse etapas en el desarrollo económico, una especie de juego de pídola desarrollista, la toma de un atajo para quemar etapas, el tránsito directo desde el tam-tam al teléfono móvil. Si lo suyo es pasar de una economía agraria a otra industrializada y, posteriormente, a una de servicios, la rana progresista podría botar desde el arado romano al i-Pod. Bien conocidos son la cortedad y el fracaso de la revolución industrial en Andalucía. En esa lamentable circunstancia se ha querido ver, equivocadamente, una ventaja, una posterior evitación de crisis industriales, en fin un beneficioso caso de “leapfrogging” que termina con la rana croando felizmente, instalada en un paraíso de I+D+i. Nada más lejos de la realidad. La metamorfosis de la economía andaluza sigue progresando lentamente y aún adolece de un tejido industrial suficiente y con suficiente solera. Esa es una de nuestras históricas carencias. Nuestro innegable progreso económico se está consiguiendo con mucho esfuerzo y lentitud, sin saltos de rana, arrastrando unas deficiencias estructurales que no permiten aprovechar del todo los vientos favorables de la coyuntura. Eso hace que nuestra convergencia con otras ranas sea menos rápida e intensa que lo deseado.

Somos iguales…pero no tan iguales

            Inmersos en un entorno que condiciona tanto los intercambios productivos como las variables monetarias, es explicable que la correlación económica con el resto de regiones españolas y europeas sea muy fuerte. Andalucía es, también en lo económico, epítome y muestra representativa de España. Las diferencias aparecen cuando se precisan los datos y se mejora el instrumental analítico. Dicho de forma simple, si nos comparamos con el total nacional tenemos casi igual participación del sector Servicios en nuestro Producto Interior Bruto, y más peso en los sectores Primario y Construcción que compensan la menor cuota del sector Industria. Son pocas las diferencias, pero son muy explicativas de otros aspectos como la innovación y el desarrollo tecnológico. En términos de Valor Añadido Bruto a precios corrientes, la participación de la Industria sobre el total fue en 2006 del 10,74% con un crecimiento respecto al año anterior del 5,94%, mientras que la Construcción ya supuso el 12,61% con una subida del 12,97%. El sector Servicios -ese enorme cajón de sastre donde se mezcla lo más avanzado con lo menos competitivo, y lo público con lo privado- supuso el 60,69% y creció cerca del 7%.

            El año 2006 no fue un mal año, pero el futuro dirá si los signos de cambio de tendencia eran tales o meras perturbaciones pasajeras. El Producto Interior Bruto a precios de mercado alcanzó la cifra de 137.399 millones de euros –supone un 13,85% del total nacional-, es decir creció en términos reales un 3,9% respecto al año anterior. No es un mal dato, pero la diferencia que en años anteriores se mantenía con España (y con Europa) se ha ido acortando hasta quedar anulada, de tal forma que el diferencial de crecimiento en el presente y preelectoral año 2007 se va a transformar en una cuestión de escasas décimas económicas y de desproporcionado peso político.

El empleo, bien

            Tanto en términos de los datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) como de afiliados a la Seguridad Social, los datos correspondientes a Andalucía en 2006 fueron positivos. El número de afiliados a final de año fue un 3,8% superior al año anterior -3,3% de crecimiento para el total nacional- ascendiendo a 3.052.200. Los resultados de la EPA dieron a final de 2006 un record histórico de 3.151.700 personas y situó la tasa de desempleo en el 12,68%, lejos aún de la española (8,51%) pero también de las decepcionantes de cifras de hace tan sólo cinco años. La incorporación de activos, que desean trabajo y lo buscan, supuso un 3,6% y el crecimiento del empleo fue un 5%. Bien. Otra cosa es la calidad del empleo, no en el sentido de estabilidad sino de cualificación, productividad, remuneración o de pertenencia a los sectores con mayor futuro, pero es innegable que, de seguir así, en seis años estaremos al borde de las cifras que se identifican con el pleno empleo. Es más, muchos empresarios afirman que ya lo estamos porque no encuentran trabajadores para sus empresas, aunque en sus sectores exista paro registrado. Cosas del Estado del bienestar.  Adicionalmente, el porcentaje de economía irregular o sumergida no baja del 20%. De una u otra forma se advierte un crecimiento notable de la actividad económica que sitúa la tasa de actividad en el 55,42% (58,32% para España), la tasa de empleo en 48,30% (53,36%) y la tasa de paro en el 12,68%

Las empresas: crecer en número y en tamaño

       A falta de los datos censales definitivos de 2006 que se conocerán en agosto, puede asegurarse que en el pasado ejercicio se constituyeron en Andalucía más de 24.000 sociedades mercantiles y otras 6.000 ampliaron capital. Esto supuso una inversión privada de más de 6.000 millones de euros, muy similar en importe a la inversión pública de la Junta de Andalucía. En el primer cuatrimestre del 2007, se mantiene un buen ritmo de crecimiento con 9.500 sociedades de nueva creación. En los últimos años, el crecimiento de empresas en general, y de sociedades en particular, ha sido muy importante, pero el diagnóstico se sigue manteniendo: hacen falta más empresas y, sobre todo, empresas más grandes. De acuerdo con la última actualización del Directorio Central de Empresas (DIRCE), a 1 de enero de 2006, el número de empresas en Andalucía era de 486.674, es decir, 22.495 empresas más que el año anterior. El “parque” andaluz de empresas crece al 5%, un punto y medio por encima de la media española, pero el 95% de las empresas andaluzas tienen menos de 10 trabajadores. Esta no es una característica anómala en su esencia –las pequeñas y medianas empresas son son la mayoría dentro del tejido productivo mundial- pero sí lo es en su intensidad.

En el informe socioeconómico anual de 2006 del Consejo Económico y Social de Andalucía se da un perfil tipo, acertado en mi opinión, de la empresa andaluza: una empresa de carácter familiar y de pequeña dimensión, que maniobra en un único local o establecimiento, en actividades relacionadas con la construcción, comerciales u hostelería.

En los últimos años se ha avanzado notablemente en el fomento de vocaciones empresariales y en la oferta de recursos (financieros, humanos, materiales) para la constitución de empresas, pero aún queda mucho por hacer, sobre todo en la creación de un ambiente institucional que promueva la aparición de proyectos de inversión rentable, que facilite los trámites, que minimice los costes de transacción, que evite la internalización de costes innecesarios, y que promueva la acumulación del capital físico y financiero que exige una dimensión empresarial adecuada. Aquí también podría decirse que se va en la dirección correcta pero a poca velocidad y, a veces, con retrocesos, temporales pero inoportunos.   

Lo público, que a veces quita más que da

       El presupuesto de la Junta de Andalucía asciende en 2007 a la imponente cifra de 29.187.720.115 euros. A esta cifra hay que añadir las correspondientes a los de las administraciones Central y Local, y de otros entes y empresas públicas. Sin duda es por su capacidad y tipo de gasto, por la presión fiscal, por la prestación de servicios como la educación y la sanidad, por la asignación de recursos o por los efectos redistributivos por lo que el sector público es clave en la economía andaluza, pero también lo es por otros no menos importantes. Por ejemplo, la ejemplaridad. Las administraciones públicas son habitualmente las mayores empresas en su ámbito de actuación y por ello sus usos y comportamientos financieros, su eficiencia y eficacia, o sus actuaciones en el área de los recursos humanos tienen una enorme incidencia en el tejido productivo privado.

Capítulo aparte merecería el análisis de su actividad regulatoria y, en fin, la evaluación de lo que se ha venido en llamar la “calidad institucional”. Las administraciones públicas regulan la economía y los sectores productivos; las ayudas y subvenciones; la creación y cierre de empresas; las licencias y trámites preceptivos. Ahí es nada. Todos los países de nuestro entorno están empeñados en la búsqueda de una “mejor regulación”, mientras que por estos lares se multiplica, complica y fracciona la regulación, se rompe la unidad de mercado, se intensifica la creación de organismos y agencias de dudosa necesidad, y se incrementa el poder (y los atributos del mismo) del sector público como si fuera éste el que permite y soporta la existencia del privado, y no a la inversa. La globalización con su mayor competencia y movilidad en todos los ámbitos va a forzar una transformación de lo público que podrá hacerse con anticipación y voluntariedad, o a la fuerza y con retraso, cuando ya las deslocalizaciones y la fuga de la inversión privada sea más difícil de evitar.

La “analítica”

            Un  “médico” socioeconómico podría recetar una prueba “analítica“ a la economía andaluza para ver como andamos de glucosa, colesterol o eosinófilos, quiero decir de sus indicadores equivalentes en el ámbito económico. Si así fuera, casi seguro que nos diría que hemos venido creciendo, creando empleo y convergiendo, pero que el proceso se está debilitando. Que la inflación la tenemos algo “alta”, la productividad “baja” y los tipos de interés ya no son lo que eran. Que tenemos que modificar nuestros hábitos y ejercicios exportadores. Que el sector de la construcción ya tiene menos energía, pero que el tratamiento administrativo que se le está aplicando no parece que sea de “rehabilitación”, sino más bien de empeorar los efectos autónomos de las fuerzas del mercado. También nos diría que la recaudación va como un cohete y las cuentas públicas muestran tanta salud que a veces se gasta con dispendio y prodigalidad excesiva, pero que, en todo caso, existe una buena reserva de energía para compensar una posible fase de vacas flacas. Que lo mejor sería acometer ahora algunas reformas estructurales en el mercado de trabajo o de bienes y servicios, pero que esto tiene mucho de operación quirúrgica y que a ver quién es el político que se atreve. Algunos economistas hablarían de “cambio de modelo” como si fuera más fácil imponer modelos a una realidad viva socioeconómica que hacer un trasplante de médula o implantar un corazón artificial. Pero es cierto que las políticas económicas pueden marcar direcciones, iluminar el camino, ayudar, siempre que lo hagan con prudencia y modestia, sin soltarse de un trapecio antes de estar seguro de agarrarse a otro. A pesar de todo, la “analítica” daría un buen estado de salud general, con gente satisfecha y cada vez más rica, no sólo en dinero. La OCDE, recientemente en Estambul, y otros muchos en los ámbitos académicos e institucionales se preocupan por algo tan misterioso como la felicidad y cuáles deben ser los indicadores para medirla. El “médico” diría que la felicidad y la satisfacción pueden hacer que bajemos la guardia, y el cambio constante y paulatino de las circunstancias internas y externas puede sorprendernos y empeorarnos la “analítica”. Como nos ha ocurrido otras veces. Aquí el economista recuerda el fracaso de nuestra revolución industrial decimonónica, y la inviabilidad del “leapfrogging”, la ingenuidad de la rana queriendo ahora saltar etapas, y se le ocurre terminar invocando la fábula de la rana alegre y confiada, en plan cigarra o en plan verlas venir.

La rana impávida y hervida

             La historieta cuenta que es imposible cocinar una rana metiéndola en agua hirviendo, porque el bicho pega un salto liberador en cuanto contacta con el líquido ebullente. Si se hace poco a poco, la cosa cambia. Aunque algunos científicos lo desmienten –si non e vero e ben trovato- parece que si el batracio se introduce en la cazuela con agua fría y se calienta a un ritmo adecuado, el animal acaba “tieso” y preparado para su utilización culinaria. Dicen que su sistema nervioso no detecta los cambios graduales o no reacciona ante ellos; otros dicen que el experimento es falso. En cualquier caso la fábula se utiliza para ilustrar los procesos de “pendiente resbaladiza” o de técnicas “salami”, en las que gradualmente se consigue lo que no se alcanzaría de un golpe. Algo de verdad hay en la diferencia de reacción socioeconómica ante lo gradual y lo súbito, porque no se explica bien por qué es más impactante la devaluación puntual de una moneda que su equivalente aunque progresiva pérdida de valor, o la muerte abrupta de pocas personas que la lenta desaparición de millones frente a la miseria y la hambruna. Ese “poquito a poquito” que, paradójicamente, nos coge desprevenidos, se puede aplicar al cambio climático, a los procesos separatistas, al abuso de confianza, y ¡cómo no! a los procesos económicos. Nuestra andaluza (española y europea) rana impávida y aletargada puede no advertir el cambio institucional y económico que se está produciendo en el mundo, no entiende por qué los demás batracios saltan y se mueven -¡están locos!- no acepta que la realidad le contradiga sus actitudes y creencias. Aquí no pasa nada. La rana, incapaz para el “leapfrogging”, está también demasiado satisfecha para reaccionar con rapidez y energía. Si sigue así puede acabar cocida. Por eso conviene darle un toque de vez en cuando.      

 Manuel Ángel Martín

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