Comparaciones (más o menos) odiosas

 

Se acepta sin crítica el método comparativo para marcar objetivos, y -si se trata de acontecimientos- incluso se usa para predecir el futuro. O sea, si en el pasado tal antecedente tuvo tal consecuente, un hecho similar en la actualidad tendrá consecuencias similares en el futuro. No les aburro con la falsedad o el peligro de tal método, pero sí les recalco su gran aceptación popular y eficacia argumentativa. Vean y oigan si no a personalidades discutidoras cuyo único fin es callar al contrario. Para alabar o censurar políticas se eligen según convenga países a desmano que en nada se parecen al nuestro, pero siempre parece más accesible la imitación que la innovación, extremos entre los que algunos piensan que se mueve el comportamiento social. Para modelo educativo ahí tenemos a mano a Finlandia, Australia para financiación autonómica, la Reserva Federal americana para política monetaria y ahora es Portugal el espejo económico en que mirarse. Así cuando en el debate de la censura algunos decían que no hay gobiernos estables si el respaldo se lo reparten tantos y tan variopintos partidos políticos, los de enfrente contraatacaban advirtiendo que lo que no pueden existir son gobiernos condenados por corrupción. Es decir: “¿de dónde vienes?” “Peras traigo”. En estos tiempos tan agitados por tanta palabrería, se han surgido ejemplos que harán las delicias de los sociólogos de la comunicación, pero lo que preocupa en estos momentos al personal y al que suscribe es qué va a pasar en los próximos meses, y es aquí donde brotan como hongos los ejemplos del segundo tipo de comparaciones: las temporales, las diacrónicas, aquellas que profetizan que lo que pasó, volverá a pasar. Ante este desmadre a la española, lo inesperado de lo esperado, la fluidez de la sociedad del riesgo y la previsible deconstrucción de lo laboriosamente construido, la lista de analogías puede ser interminable.

Entre la combinación de situaciones que escucho y leo, viene de serie la que encuentra semejanzas con lo acontecido en “el 36” y el desenlace no puede ser más de poner los pelos de punta. Pero esta distopia trágica convive con otros hitos que se fijan en 1931 (“no se ha ido que lo hemos barrido, no se ha “marchao” que lo hemos “echao”), en la crisis de la Restauración y del “turnismo” de los partidos dinásticos a comienzos del siglo XX, y yo reconozco en las intervenciones de los nuevos políticos empoderados un tono regeneracionista y arbitrista de efectos conocidos. Pero aunque naveguemos siempre entre la sociología histórica y la miseria del historicismo “popperiano”, ya les digo que el futuro siempre es imprevisible y nuevo aunque dentro de estrechos límites, al menos en la economía. Eso sí, tendremos más intervencionismo y más gasto social con más impuestos. Es decir, normalidad. Por supuesto dentro de un contexto de deriva confederal. Y no le den más vueltas.

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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