Consumo alegre, ahorro triste

 

El consumo es alegre como en la fábula lo es la cigarra. Triste es el ahorro, como esa hormiga empeñada en acumular para que luego la tilden de egoísta, capitalista. culpable de previsión, promotora de esa acumulación originaria que todo buen estado comunista trató siempre de evitar para igualar “por abajo”. El consumo, no me negarán que es grato y divertido, y que tal como van las cosas este verano andaluz va a ser gastoso y multitudinario, desde Huelva a Almería, abono providencial para los negocios de algunos, pero motivo suficiente para que otros salgan despavoridos hacia los lugares más despoblados del universo. Nuestro milagroso crecimiento está impulsado por el consumo que a su vez echa mano del endeudamiento y de la subida de los salarios reales, se canaliza a través del turismo y la hostelería con sus estacionales rasgos exportadores. Lo practica la ortodoxia política mientras predica un cambio de modelo.  El Informe Anual 2018 del Banco de España lo dice mejor y más abundante. Mueve a reflexión sobre lo que ocurre en esta “ciudad alegre y confiada”, y de su contenido gustan poco los que opinan que todo consiste en imprimir billetes y repartirlos al buen tun tun para hacer que la economía crezca y que la felicidad esté al alcance de todos. La llamada Teoría Monetaria Moderna auspicia de alguna manera esta estrategia bajo el dogma de que el Estado siempre paga, nunca es insolvente, todo bajo el paradójico argumento de que el dinero que emite es sólo un instrumento, porque valer, valer, lo que se dice valer, no vale nada. Sin ser expertos economistas los ciudadanos tienen aprendido que la renta disponible se reparte entre el consumo y el ahorro, y esta división se realiza en función, entre otros criterios menores, del importe de dicha renta y de las “propensiones” a consumir y a ahorrar.

Hace tiempo que el Estado se hizo con el monopolio del ahorro. Ciudadano, ¿para qué necesitas ahorrar si el gran Leviatán ya se encarga de hacerlo por ti con tus impuestos o “tu” deuda? Lo hace en educación, en sanidad, en pensiones, en “dependencia”. Las viejas ideas de ahorrar en un plan de pensiones o para mejorar la educación de un hijo son obstaculizadas porque atentan contra la equivocada igualdad y además compiten con los servicios públicos, que como es sabido se pretenden más eficaces. La cuestión es que la gente no ahorra, porque implica sufrimiento: no se ahorraba lo sobrante, sino que se consumía lo que quedaba después de pagar “religiosamente” la cuota de la hipoteca. Así era España. El informe de referencia da titulares. Uno de ellos que la tasa de ahorro de los hogares alcanzó en 2018 el mínimo histórico: el 4,9% de la renta disponible, frente al 13,4% de 2009. Menos de cinco euros de cada 100 de renta van al ahorro. No parece una circunstancia sino un principio moral, una revolución histórica: que ahorren ellos, yo me lo gasto todo y más. Y ya veremos.

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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