Son pecados, inherentes a las personas, a los sistemas ideológicos y a los grupos sociales, aunque tengan también efectos positivos. Nos humanizan, nos bajan los humos, y los más optimistas afirman que su superación es el motor del progreso. La contradicción es vecina de la transgresión, pero exige una contumacia que no existe en la ocasional ruptura de la coherencia. Su origen, cuentan que puede estar en el enfrentamiento de dos proposiciones contrarias y simultáneas (nación plurinacional), o entre dos objetivos materiales incompatibles, tal que producir cañones o mantequilla, con referencia al conocido ejemplo de Samuelson para ilustrar la llamada frontera de posibilidades de producción, pero en buena parte de las situaciones su naturaleza es mixta. El Pablo Iglesias de Podemos rechaza la venta de buques a Arabia Saudita por razones ideológicas, mientras que el “Kichi” de la misma formación siente el problema a través de los efectos sobre la vida de los trabajadores gaditanos de Navantia y de sus familias, lo cual le lleva a ponerse el pacifismo por montera. Es evidente que una de las principales contradicciones se produce entre lo que se dice y lo que se hace, lo cual conduce al decepcionante consejo de “haz lo que digo y no lo que hago”, y a la búsqueda de circunstancias excepcionales que justifiquen el desmentido práctico a los principios teóricos. La otra incoherencia habitual se da entre las exigencias de la conciencia y las del instinto que empuja a la supervivencia: proclamamos la consigna de no tener miedo al terrorismo mientras adoptamos todo tipo de actitudes que manifiestan que estamos aterrorizados.

Las contradicciones más comentadas quizás sean las del capitalismo, grietas que presumiblemente harían caer al “sistema”. El “urbanista rojo” David Harvey, en un encomiable afán analítico, llegó a identificar diecisiete, de las cuales 7 eran fundamentales, 14 eran cambiantes, y 3 eran calificadas de peligrosas. Estas últimas eran el crecimiento económico desbocado, la relación del capital con la naturaleza, y la alienación del ser humano, o sea, digo yo, ese despiste tan actual sobre el bien el mal, y sobre la tiranía de la tecnología. El inteligente “sociogeógrafo” marxista se cuestionaba con astucia si estas contradicciones no serían más bien de todas las sociedades modernas que de las inequívocamente capitalistas, lo cual conduce al inevitable (y posiblemente no deseado) corolario de que el capitalismo es dominante. Pero yo decía que las contradicciones nos humanizan y nos igualan: los ateos llevan a sus hijos a colegios religiosos, los de izquierdas quieren gastar como los de derechas, los pacifistas condescienden a las negocios bélicos, los partidos que más predican la transparencia son ejemplos de opacidad, y así. Además los más optimistas afirman que las contradicciones se superan, y en eso consiste el progreso. Amen.

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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