Admito que no padezco de un acendrado nacionalismo pero me irrita que insulten y desprestigien a España en nombre de otros patriotismos. Supongo que a usted le ocurre lo mismo, sobre todo si no sufre de una ideología sectaria que le sitúe más allá de las identidades y pertenencias naturales. En todas las guerras nacionales siempre hay quien desea la propia derrota porque apuesta por la victoria del comunismo, del fascismo, de una religión concreta o de una etnia. Pero si además uno vive en una democracia, tolerante, razonablemente igualitaria y proveedora de bienestar económico. uno entiende menos el insulto, la descalificación y la inquina. En este cansino proceso catalán el juego sucio se ha extendido a casi todos los aspectos del conflicto, incluyendo por supuesto los menos sujetos a reglas formales de juego, léase la comunicación, la opinión pública o la captación de aliados internacionales. Es claro que España, el Estado español, tiene de su lado la fuerza, la dimensión, la organización y sobre todo la ley y el derecho, y esta fortaleza de Goliat puede ser enfrentada emocionalmente con provecho a la debilidad de un David al que se le consiente mentiras, trucos y trampas. Y no es extraño que la multitud se ponga de parte del más débil, aunque sea un canalla. Los “estrategas” independentistas han creado una neo lengua que adultera conceptos y principios a favor de ese único propósito que esconden detrás de tanta farfolla “pseudodemocrática”. A la vez, han resucitado aquellos episodios, leyendas o figuras de nuestra historia que pudieran desprestigiarla, y han buscado voceros propicios, que haberlos siempre los hay, a sueldo o por rencor. Todo para, por contraste, favorecer la imagen de una desigual lucha entre el bien –ellos- y el mal, los demás. Han convencido a los analistas de que esta batalla de la opinión pública la han ganado, quizá porque el Estado ha sido legalista y timorato, sin emplearse a fondo en un juego que no sabe practicar. Desde luego sí han conseguido ampliar la brecha emocional y despertar un patriotismo de signo contrario que -también en clave económica- será muy negativo para Cataluña…y también para España.

Pero niego la mayor: ningún Estado se cree sus argumentos ni se puede poder de su lado, entre otras cosas porque todos han sufrido, sufren o sufrirán en sus carnes los mismos secesionismos, las mismas acusaciones de represión y violencia, las mismas tensiones financieras internas. No se trata del África tribal, de Asia amenazada por conflictos de todo tipo, ni de la América del despreciado Trump, sino de la Europa surgida tras la Segunda Guerra Mundial con un pasado sangriento, de forzadas emigraciones internas, de conflictos separatistas, de populismos agresivos. Los Estados “nos entienden”, quizá porque la confrontación vaya, en el fondo, contra ellos, como institución. En todos “cuecen habas”… y en algunos a calderadas.

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

Dejame tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *