Dame lo mío

 

Escaso éxito de crítica y público han tenido las 370 propuestas del pretendido “programa común progresista” del gobierno en funciones, pero desconfíen de su ineficacia negociadora porque hasta el rabo todo es toro. Por vicio y oficio ya me había atrevido a hacer algún comentario general y simple: son viejas, conocidas, sin especificar su coste, demasiadas y sin priorizar, y ya se sabe que toda inflación conlleva una devaluación. Pero ayer una relectura parcial y ocasional de Marx y su “Crítica al programa de Gotha” me ha llevado a reflexionar sobre los guiños y señas que el documento transmite: el mobiliario compartido de la casa común, la tradición intelectual que acerca tanto a Sánchez e Iglesias. Las ideas y conflictos (escisiones o “clivajes” precisaría un sociólogo) pueden tener larga vida y fuerza. Keynes advertía que todos somos esclavos de algún economista difunto y somos libres de elegirlo. Si aceptamos que una cosa es la producción y otra el consumo es fácil detectar que lo que más interesa a la gente (eso que antes era el “pueblo”) es la distribución de riqueza, fundamento directo de cualquier desigualdad y a eliminarla se dirigen con preferencia los mensajes políticos. Uno encuentra en la “propuesta” 193 un ramillete de obviedades, realidades asumidas y “conceptos económicos indeterminados” referentes a la progresividad del sistema fiscal y a que los ricos contribuyan equitativamente. Los socialdemócratas nórdicos predican que no sólo deben ”contribuir” al estado de bienestar sino también tienen que utilizarlo voluntariamente para garantizar su adhesión al sistema. Si los “ricos” no valoran lo que reciben (sanidad, educación, servicios sociales) se “irán”, y sólo queda una coerción galopante que acaba siempre mal. Pero al redactor de la precitada “medida” se le va el santo al cielo marxista y proclama que se trata de establecer un modelo “donde cada uno aporta en función su capacidad y recibe en función de su necesidad”, viejo principio de origen religioso que satisface a toda la izquierda desde el principio de los tiempos.

Utilizada por varios precursores utópicos, la frase fue popularizada por Marx en su crítica al “Gotha”, aunque no dejó de analizarla y de precisar que se refería a la fase final del comunismo, cuando la tierra manaría leche y miel. Sobraría de todo y sin esfuerzo. Los bolcheviques, que no eran ilusos ni tontos, cambiaron lo de necesidad por “de acuerdo con su trabajo”, pero ni con una fórmula ni con otra consiguieron que funcionara su sistema. Aquel fiasco universal de lo que Hobsbawm creyó que era una “esperanza para la humanidad doliente”, ha matizado en su propaganda el objetivo fiscal: “preservando a la clase media y trabajadora”, apostilla la 193 de marras. ¡Qué menos!. Pero nada de reclamar esfuerzo, estudio, obligaciones, iniciativa, ahorro. ¡Horror! Palabras malditas. A mí que me den según mis necesidades que son muchas. Dame lo mío.

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