Desenganche

 

Sugiero que en España la economía parece haberse desenganchado de la política, y el más intervencionista aunque lúcido de mis interlocutores me recrimina que es una afirmación grave, quizá porque implica que los gobiernos  sobran, que importan poco para la cosa económica. Mi observación no es de ahora sino que ya fue aplicada a períodos anteriores. Pero es que ante la viabilidad recurrente de un país sin presupuestos, fraccionado y con gobernantes establemente provisionales resulta ahora más evidente. Sirva también la provocación o “boutade”, como euforizante veraniego ante el brumoso horizonte político que vislumbramos: España va bien y no llegará la sangre económica al río sin retorno de la depresión. El término de la jerga es “desacoplamiento” (decoupling) pero yo prefiero el más vulgar con que encabezo estas líneas. Al fin y al cabo se trata de describir un fenómeno que rompe el vínculo, la correlación o el enganche entre dos variables. Un buen desenganche se produce cuando el crecimiento económico deja de afectar a las emisiones de gases nocivos, y uno malo cuando el gasto en educación nada influye sobre la calidad de la misma. Un buen “decoupling” cuando un país excepcional sale de una recesión generalizada; uno malo cuando se descuelga del pelotón de cabeza y se encamina divergiendo al abismo de la ruina. Hablar de desenganche entre lo económico y lo político son palabras mayores, al menos por la injusticia que implica toda generalización y la dificultad de medir causas y efectos, pero se trata de suscitar un debate que ponga en cuestión algunos mitos sociales y mueva a reflexiones explicativas de realidades innegables pero raras. El gobierno en funciones sube el salario mínimo, da palos de ciego en materia energética con graves consecuencias, prescinde de cualquier reforma en pensiones o fiscalidad, y se muestra ambiguo con la libertad de empresa y la propiedad privada. Pero España es la estrella económica de la Eurozona. Las economías mundial y europea presentan rasgos de desaceleración mientras que la española (y la andaluza) mejora su crecimiento en cada previsión y oscila para este año en torno al 2,4%. El empleo crece, y la cifra de cotizantes supera en junio los 19 millones, todo ello a la espera de los datos registrados en julio y de la EPA que se conocerán en agosto.

Dos consideraciones cabe hacer al respecto. La primera es que los impulsores del PIB (el gasto en consumo final, 76% del mismo; algunos epígrafes de la formación bruta de capital y las exportaciones) siguen a buen nivel. Las empresas funcionan, los consumidores confían y el gasto público crece. Cierto que sostenidos por el endeudamiento. La segunda reflexión es acerca del riesgo de un gobierno antisistema que afecte negativamente a la confianza de los ciudadanos y a la actividad empresarial. Que ponga en práctica un intenso “enganche” político que tire hacia abajo de la economía. Y nos arrastre a todos.

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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