Diálogo de besugos

 

Existen conceptos sacralizados por nuestra sociedad, intocables términos del idioma que nadie cuestiona, banderas progresistas incorporadas a lo llamado “políticamente correcto”, elementos incrustados para siempre en “nuestro sistema de valores”. Atrévase a discutirlos o simplemente a plantear una metafísica duda y se verá usted proscrito al infierno de los réprobos fuera del sistema, porque no me podrá negar que atreverse a cuestionar la “igualdad”, la “democracia” y otras creencias de arte mayor es jugarse el favor de los más. Sugiera usted (después de mil “caveat”, disculpas y enardecidos pronunciamientos a favor del gobierno de la mayoría) que la democracia universal y directa no es buen sistema decisorio en multitud de organizaciones que van desde los ejércitos a la enseñanza pasando por los bomberos o cualquier equipo de fútbol, insista en las ventajas de la jerarquización. Atrévase a cuestionar la “igualdad” en abstracto y a ponderar las bondades de la desigualdad como incentivo precisamente para conseguir igualdades de mayor rango, y no espere usted más que expulsión y ostracismo por parte de opositores y (lo cual es más decepcionante) de hipócritas. Por eso yo no me atrevería a meterme en esos jardines tan frondosos y me quedo con pequeñas huertas donde se cultivan memeces cotidianas como es ésta del “diálogo” que a ver quien puede estar en contra de la negociación pacífica y del “hablando se entiende la gente” algo innegable por infantil y evidente. Sin embargo, hay partidos políticos que presumen de ser partidarios del diálogo para diferenciarse de otros que, por lo visto, deben ser partidarios de la incomunicación y, por qué no, de la bronca, y frente a dos situaciones toponímicas, Cataluña y Venezuela, se manifiestan con claridad. Rodríguez Zapatero fue un gran dialogante económico hasta que medio mundo le llamó al orden, modificó la Constitución y se esmeró en los recortes, y con Maduro no parece que el mero diálogo esté dando muchos resultados.

Con Cataluña, Sánchez y “su” (ahora ya un adjetivo posesivo) partido entienden que la solución pasa por “sentarse” (una reiterada insistencia en la posición sedente) y “dialogar”, estrategia que por lo menos lleva cien años fracasando si lo que se pretende es que se respete la Constitución y el Estado de Derecho. Porque resulta que el diálogo es un procedimiento formal que debe tener un contenido y unas condiciones básicas aceptadas. Los que teorizan sobre el comunismo hermenéutico afirman que el diálogo trata de “moralizar la política” y que hasta los de Platón contienen una clara asimetría de poder entre los dialogantes. Uno carece de información (casi siempre, un esclavo) y el otro es un filósofo. Dios me libre de llegar a tanto y me limito a sugerir que hay diálogos imposibles, meramente formales, oportunistas, vacíos de contenido. “¿A dónde vas?”, “Manzanas traigo”. O sea diálogos para besugos.

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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