Hemos podido ver esa cara espejo del alma de la presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, vaticinando un caída del PIB de la Eurozona entre el 5% y el 12% (¡viva la imprecisión!) y luego anunciar el despliegue de su “potencia de fuego” (sic) hasta la habitual paradoja: las entidades que tomen dinero prestado cobrarán en vez de pagar intereses. Poco efecto ha tenido, y tampoco la tradicional promesa de que el cuerno de la abundancia seguiría abierto y en cualquier momento que fuere necesario, tal que su antecesor Draghi prometió (“whatever it takes”) en 2012 con celebrado éxito. Y es que el dinero no lo es todo, al menos éste, y puede ser nada o al menos sólo solución necesaria pero no suficiente, expresión mal mimetizada porque algo insuficiente no puede ser una solución. En el siglo pasado mi sexagenario padrino donostiarra me regaló un buen puñado de millones de marcos alemanes en forma de billetes “papiermark” de 1923 cuando el marco se cambiaba a diez millones el dólar y el experimento de la República de Weimar ya daba sus últimas boqueadas. Los usé como señaladores de páginas. A este shock atribuyen algunos el pánico germano a la inflación, aunque lo de ahora no se corresponda con esa situación sino más bien con la contraria, ahí tienen ustedes el del petróleo y otros precios que se desplomarán. Los expertos se desconciertan cuando no son coherentes los rasgos de los fenómenos, y no se enfrentan bien a la inflación con desempleo o a la pasividad del crédito ante el aumento de la oferta monetaria. Como mucho se pasman e inventan nombres como estanflación y otros barbarismos.

Éramos felices con Irving Fisher y su teoría cuantitativa porque entendíamos bien que la oferta monetaria dependiera de lo producido, de sus precios y de la velocidad de circulación del dinero, esa que hoy también está confinada. Simpleza la de Fisher superada por los excesos de la política monetaria y las elucubraciones de la Teoría Monetaria Moderna. También hace cuarenta años leí a Mario Bunge criticar al monetarismo y la manipulación de la oferta monetaria, usada por los conservadores “por su sencillez y porque da la casualidad que favorece a los adinerados”. Ahora es la izquierda quien defiende a ultranza la “máquina de hacer dinero”, igual que de criticar al consumo han pasado a su alabanza. De izquierda o derecha el eclecticismo oportunista es infatigable. Midas convertía en oro todo lo que tocaba, y, claro,  se moría de hambre. El dinero tampoco es comestible y necesita alguna salsa para digerirlo. ¿Qué tal unas estimulantes vacaciones fiscales? Vistos los gastos públicos y el déficit previsto, la deuda pública será la principal fuente de financiación, ¿y por qué no la única? Así al menos las cuentas claras, identificado el origen de los fondos y los centros de gasto, y visibilizado el esfuerzo para su devolución a largo plazo. Porque, créanme, el dinero prestado puede ser insuficiente.

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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