Empiezo por las ucronías, tan inútiles como inofensivas, simples juegos de especulación con “What if?”: ¿qué hubiera pasado si Hitler hubiera ganado la guerra, o Franco perdido la suya, o Sánchez rechazado por el PSOE, o Rajoy permanecido?, en fin sucesos que no generan emociones más allá de una cierta nostalgia. Lo que sí producen es inquietud, si no miedo, son las distopías, los escenarios futuros plagados de amenazas a lo Huxley, Orwell o Bradbury que en términos wikipédicos es algo así como anti utopías, una sociedad imaginaria “indeseable en sí misma”. Anticipan un futuro terrible y en la actualidad no faltan mimbres para construir un cesto de terrores, así que desde mi modesta atalaya me propuse titular así esta columna y echarle imaginación a un futuro a veinte años, al igual que los políticos se plantean objetivos a un largo plazo en que todos los de ahora estaremos muertos. Verán que renuncié enseguida a tan ambicioso objetivo, no solo por incapacidad de fijar sus límites espacio-temporales, sino también por la dificultad de elegir entre un menú de infinitos platos amenazantes para nuestro sistema carente de antídotos para su veneno. Si la escasez perjudica la elección, también lo hace la excesiva abundancia y algún economista francés lo llamó “embarras de richesses”: o sea el niño que ante tantos tipos de pasteles acaba por no elegir ninguno.  No caeré en esa trampa y me centro en imaginar regímenes cada vez más totalitarios, menos libertad y más desigualdad, la concentración del poder mundial, la presencia inevitable de la pandemia, el estancamiento del crecimiento económico, nuevas formas de pobreza con el espectro al fondo de los jinetes apocalípticos. Procede oponerse y adaptarse, recordando la parábola de los erizos: suficientemente juntos para darse calor pero sin pincharse entre si.

Para conseguir esto, se habla poco o nada de educación, de esfuerzo y producción, y se entroniza el mantra de que hay que “gastar lo que haga falta”. Algunos de mis colegas hablan poco de la oferta y de las empresas. Proclaman que es la hora de la demanda dopada por dinero gratis como maná lisérgico, y olvidan la dureza de la competencia internacional por una escasa demanda que exige una innovadora oferta. Remito al ejemplo del turismo, donde hay bofetadas mundiales por los clientes. Las costuras se resienten y las contradicciones se evidencian en las negociaciones sobre el fondo de reconstrucción de la UE de las que España saldrá, en el mejor de los casos, como una nación tutelada por unos o por otros, atrapada en una fantasía “disney” que el gobierno sigue fomentando. Nuestra izquierda insinúa que si no se atienden nuestras condiciones es posible la ruptura con Europa como amenazaron ingenuamente los griegos. Una situación que completaría la distopía más nociva para el interés general, no para los intereses materiales e ideológicos de quienes la proponen. Algunos ya obtienen réditos de su estrategia.

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

 

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