El día de autos

 

De buena hora dominical (pongamos que a las 10 a.m.) estaba yo entre las consecuencias económicas del G20, el proteccionismo de todos, el chino poderoso y el árabe apestado, Putin el opaco y Trump el transparente, nuestro contradictorio Sánchez, los chalecos amarillos, todo ello muy económico y presente en la fiesta de la democracia andaluza, esperanza de Adviento y víspera del Apóstol de las Indias nacido en Javier. Estaba, digo, dudando el asunto y siguiendo la peripecia del “Nuestra Madre de Loreto” y de sus once migrantes embarcados, recordando cómo es la mar de fondo en el Mediterráneo y también aquello tan sarcástico de mi hermano Ricardo, treinta años médico de negros en Zaire y Senegal y de arrantzales en Terranova: “a bordo, el que va más cómodo es el bacalao”. Entonces me dije con Cortázar que todos los fuegos el fuego, que todos los emigrantes son el emigrante, que todas las fronteras son la frontera, que todos los muertos son el muerto, y que lo peor no es ser xenófobo sino ser hipócrita. Así que me quedé con el desenlace maltés del episodio del pesquero rescatador como si éste no fuera uno más y suma y sigue, tan sólo la representación o “performance” de las nuevas maneras de las migraciones desde cualquier continente pobre hacia el bienestar: un problema global, viejo pero actualizado. Me malicio que la falta de sinceridad de los “buenos” es la que da aire a los “malos” o duros, la que hace atractivas esas opciones de derechosas que presumen de llamar al pan, pan, y al vino, vino, sin demasiadas concesiones a la solidaridad y con continuas invocaciones al “mal menor” o a la precaria legalidad internacional, como ya vienen haciendo los gobiernos de todo el mundo. En este trance ha andado nuestra inefable vicepresidenta Calvo invocando el concepto de “puerto cercano y seguro” para no desembarcar a los rescatados en Alicante y despejar de puño hacia Italia y Malta, que el “Loreto” no es el “Aquarius” ni estos 11 son aquellos 630, usted me dirá porqué. Bajo la batuta de Juncker, la Unión Europea decidió que los rescates producían un efecto llamada y que los aliados son los gobiernos “remitentes” y sus venales guardias costeras. Los “malos” las presuntas mafias, y las muertes cuanto más lejos mejor.

Estas migraciones del siglo XXI son novedosas: temporales, sin ánimo de integrarse culturalmente, con enlaces en destino y origen, modernos medios de comunicación y transporte, y animadas por crecientes desigualdades. Resulta trivial reconocer que el asunto es complejo, de gran repercusión socioeconómica y que sólo cabe “conllevarlo”. Más tarde o más temprano llegarán los que sobrevivan. Reconocido todo esto, lo que es exigible es una mayor atención a todos los niveles, una legislación compartida y unas actuaciones justas, pero sobre todo una mayor claridad y coherencia que al menos evite que quienes lo tienen claro desde la intransigencia ganen espacios políticos.

 

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

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