El año que nunca existió

 

Llegando a las estribaciones de 2021 el deseo colectivo es olvidar el infeliz primer año veinte de este siglo, y si fuera posible condenarle a una “damnatio memoriae”, a un borrado de la historia, sin haber aprendido nada de la nefasta experiencia. El “unidos venceremos al virus” o “no hay mal que cien años dure” oculta la fantasía de esa mirada retrospectiva que descubre que “esto” ya pasó, una ingenua ubicación en el futuro como si lo tuviéramos ya bajo los pies. En los análisis, informes o estudios se percibe una proyección hacia el porvenir como si éste no fuera un mar proceloso sino una tabla de salvación a la que hay que agarrarse. En general, y muy específicamente en política y en economía, siempre ha dominado un sesgo o inclinación hacia el futuro, dando el presente por inevitable (con todo el pescado vendido) y el pasado con todo el pescado podrido. No aprendemos de la historia. ¿Para qué? Tardé en acostumbrarme a que los gobernantes no tenían ningún interés en el conocimiento de los resultados de los miles de planes, programas y presupuestos que elaboran con minuciosidad, evaluación que parecería lógica para corregir el tiro y afinar la puntería. Sin embargo este trabajo tan necesario siempre fue sustituido por la elaboración de algo nuevo que diera más lustre e identidad a los proponentes. Si esto se me antoja una actitud generalizada, imaginen lo que se intensifica cuando se huye del presente como de la peste, y perdonen la alusión. Pasar página se transforma en obsesión, el adanismo impera y de alguna manera la medida del tiempo en períodos discretos favorece la sensación de ruptura de la continuidad y el comienzo de una nueva etapa. Hace años algunos índices bursátiles tenían como referencia los valores a comienzo de cada ejercicio de tal manera que se reponían a comienzo del período y retornaban al cien: año nuevo, vida nueva. Impulso euforizante. El reciente informe del Fondo Monetario Internacional nos coloca en el ominoso último puesto de crecimiento económico para 2020 (-12,8%) y (emergentes aparte) en el primero (+7.2%) para 2021, lo que nos obliga a reclamar una pequeña explicación del cálculo, que en la continuidad temporal tendría más sentido pero no daría la impresión de intensa recuperación.

Insistiendo en ella, el Gobierno ha enviado a Bruselas el pasado 15 el llamado “Plan Presupuestario 2021”  que como su nombre indica no es ni plan ni presupuesto sino un híbrido para ir haciendo boca, cuya “música” suena a conseguir (y cito) “la cohesión, la justicia social, la lucha contra la desigualdad y la sostenibilidad, junto con la consolidación de un modelo de crecimiento económico, equilibrado, sólido, inclusivo y sostenible que aprovechará las ventajas que aportan la digitalización y la transición ecológica para generar empleos dignos y de calidad, aumentar la productividad y ganar competitividad” (sic). Todo en 2021, que 2020 fue el año que nunca existió.

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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