El curso de la naturaleza

 

Fue levantado el estado de alarma, que es como dejar que la naturaleza. siga su curso. Esto de optar porque la “naturaleza actúe” se predica mucho cuando se piensa que ya se ha hecho todo lo posible desde la intervención artificial y se confía en que lo natural progrese con sus propios mecanismos de defensa. “Que la naturaleza siga su curso”, se dice. Sin embargo, aunque resulte una afirmación alineada con el materialismo histórico, el hombre es un animal singular al ser capaz de fabricar herramientas, de prolongar sus brazos y su cerebro con prótesis físicas y, más recientemente, telemáticas. Los ingenieros son productores de artefactos, útiles y concretos, por eso están hoy tan alejados en la actualidad del debate público tan interesado en lo inútil y lo abstracto. Lo natural vende mucho porque se imputa a lo artificial costes de contaminación, alteración, riesgos innumerables, y una presunta falta de sostenibilidad, aunque algunos atrevidos discrepantes argumenten en vano que la humanidad ha llegado hasta aquí gracias a la artificialidad. Los filósofos sociales, en el ámbito de la reflexión sobre la organización y el poder, denostaron el “estado de naturaleza” y reclamaron el “estado de Derecho” que excluía actitudes tan naturales como la ley de la selva y el reino del darwinismo en lo individual y en lo social. En situaciones críticas, de pánico y recursos escasos, lo natural emerge con ánimo clarificador y afán de dominio, y obviarlo resulta siempre un peligro. Sólo me he acercado al conocimiento muy superficial de dos males pandémicos, a la peste bubónica y a la llamada gripe española, por razones de oportunismo comparativo con algunas pandemias económicas. Me asaltó siempre la sospecha de que hasta muy tarde no se supo cómo vinieron ni como se fueron, y ni siquiera si se han ido definitivamente. Pero en su superación fue determinante dejar que la naturaleza siguiera su curso, o sea que se acumularan las víctimas y la inmunización viniera del contagio masivo.

Con el coronavirus, sin embargo, empezamos por evitar el contagio personal a través del confinamiento, remedio antiguo y de sentido común, con resultados manifiestamente mejorables. Ahora, con la “desescalada” abrimos la puerta a lo natural y a la verdad: gente indisciplinada, descreída de los políticos y de la ciencia, con ganas de vivir, de consumir, temerosa de bajar su nivel de vida. Rebrotes, manifestaciones de la naturaleza que quiere seguir su curso. Y ahí nos quiero ver. Mejor enfermar a manos del virus que en las zarpas de la ruina. Con lo rebrotes se evidencian las verdades y se resquebrajan los falsos elogios, las exageraciones propagandísticas, las insoportables alabanzas mutuas, las adulaciones al pueblo, los aplausos y los impostados parabienes. Así, sin embargo, es mejor. Simplemente porque es la realidad. La confirmación innecesaria de que nada es gratis, de que todo ingreso tiene un coste.

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

 

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