EL ECONOMISTA EN EL TEJADO

                        Estoy titulando hoy con el encabezamiento genérico de esta columna porque alguna vez hay que pararse, explicarse y reflexionar sobre la propia reflexión, aunque de ello salga una complaciente “metacolumna”. Escogí el dintel bajo el que paso todos los lunes porque sonaba bien y transmitía la idea de vista de pájaro sobre las cosas a costa de un equilibrio difícil. “El violinista en el tejado” (The Fiddler on the Roof) fue una obra de Jerry Bock y luego una película musical de Norman Jewison que fue nominada para ocho “oscar” en 1971. Es la historia de una comunidad judía en un pequeño pueblo ruso a comienzos de siglo, vista a través de la familia del lechero Tevye (Topol). Su mujer Golda, el rabino, la casamentera, las hijas y sus novios, son personajes menos importantes que el amor, la tradición, la persecución -el “progrom”- y la resignada aceptación del destino. Topol canta “Si yo fuera rico”, un verdadero cuento de la lechera en el que imagina las ingenuas cosas que haría en caso de tener fortuna. La primera, no trabajar. En algunas ocasiones, muy pocas, aparece un extraño personaje subido a un tejado. Es un violinista diminuto y bailarín, un espectador de las tragedias y las alegrías, un símbolo de que, pase lo que pase, hay que seguir tocando y manteniendo el tipo. Creo recordar que el violinista “de verdad”, el que interpretaba la banda sonora era Isaac Stern.

                        El economista en el tejado pudiera ser un Diablo Cojuelo que, como el del ecijano Vélez de Guevara, tuviera el vicio y la capacidad de levantar las cubiertas de los tejados -”como hojaldrado”- para observar lo que se cuece en los fogones. Se llama “economista” porque se mueve menos mal en ese terreno y ha adquirido algunos hábitos de análisis que le dan audacia y hasta cierta osadía. Pero tanto o menos se siente economista que ingeniero, o lector, o padre, o amigo, o ciudadano, o soñador. Por eso a veces se mete en jardines de los que luego sale con nocturnidad y disimulo. En este tejado, uno tiene que andar con ojo para no excederse ni en la curiosidad ni en la crítica, para quedar bien a la vez con la verdad y con los afectos, y, sobre todo, para resistirse a las frecuentes ganas de bajarse atendiendo a la voz que dice “¿Qué se te ha perdido a ti ahí arriba?. Toca cómodamente en el suelo que es más fácil”

Dejame tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *