El poder es el mensaje

 

Me insisten mucho en que lo importante no son los resultados sino el mensaje, o mejor los racimos de mensajes que Sánchez va lanzando para deslumbrar al respetable cual si fueran armas cegadoras. Esto de los gestos es también viejo pero de renovada actualidad y no puedo negar que los gestos sobre subidas de tipos de interés o de impuestos se bastan y sobran para mover la bolsa o animar la economía sumergida y la evasión de capitales. Véase Italia. Lo que va quedando claro es que el medio no es el mensaje, sino que el poder es el mensaje, cuestión ya ampliamente aceptada por todo experto, incluido Castells que ha desarrollado las relaciones entre poder y comunicación, mientras lo de McLuhan ha quedado como idea bonita para salir del paso y uso de diletantes. Esto de la comunicación beligerante tampoco es de ahora, que está investigado que las guerras de religión en la Europa del XVI  “eran tanto guerras mediáticas como conflictos con espadas y cañones, conflictos en los que eran igualmente importantes la impresión de panfletos, la destrucción de imágenes y la comunicación oral”. Y así hasta las actuales guerras cibernéticas. O sea que en el principio fue Altamira, luego los iconos, y también los rituales, medios con los que el estado dominaba la esfera pública (Habermas), o sea tal como ahora, donde un rito tan burocrático como un juramento/promesa en una toma de posesión se convierte en propaganda feminista, laicista, y hasta republicana. Se insiste en que la derecha comunica mal, que suspende en propaganda, aunque los fundadores del invento (al menos la Iglesia y Goebbels) fueran más bien derechosos, pero resulta evidente que lo que ocurre es que lo que transmite es poco atractivo e ilusionante. Conceptos como “esfuerzo”, “ahorro” o “sacrificio” venden poco en una sociedad hedonista y disfrutona, con un alto nivel de vida y un espíritu cortoplacista de “que me quiten lo bailao”. Ni siquiera Churchill fue capaz de ganar unas elecciones después de ganar una guerra, porque la gente estaba harta de sudar y llorar, y necesitaba un mensaje de seguridad y gratis total de los laboristas para poder levantar cabeza. Así que en términos de mensajes (y por lo tanto, de poder inmediato) el éxito de Sánchez es rotundo y la invocación a Camelot y a la “gauche divine” es oportuna y eficiente. Toda ideología se define desde otra opuesta, y la superación de este dilema se hace desde la utopía, o sea de algo que no existe, pero que sería bonito que existiera.

Como queda escrito, me insisten sobre la importancia de los mensajes y yo asiento, pero me descalifico al advertir que además de predicar habrá que dar trigo. Tal perogrullada le puede convertir a uno en un escéptico o algo peor, aunque desde los poderes fácticos me sugieren que mejor se quede todo en palabras. Creo recordar que Churchill perdió en 1945 pero volvió a ganar en 1951. Aprendió el truco del mensaje.

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

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