Elogio de las banderas

 

Lo cierto es que siempre están ahí, lánguidas, ondeando, plegadas o extendidas. Pero siempre están. En los despachos y edificios oficiales, en las manifestaciones públicas, en los balcones o en un cajón. Sin embargo hay momentos en que parecen florecer y revivir, multiplicarse, pasar a primer plano, y nos pronunciamos a favor o en contra. Pero no de esta o aquella, sino de todas las banderas, y se dice para remachar el rechazo de los nacionalismos y el temor al conflicto. Sin embargo la fraternidad universal es una utopía, un elemento del “Imagine” de Lennon. Pero las banderas son inocentes, son un mero significante. A mí me gustan. Un paño o trapo sujetado al extremo de un asta o palo, con diferentes colores, formas o bordados, pero resulta excelente su relación entre simplicidad y utilidad. Una amiga historiadora versada en vexilología –disciplina que las estudia- me bajó del guindo de las metáforas emocionales y de las consideraciones estéticas con la vulgaridad de que lo importante era que fueran distinguibles desde lejos, de ahí que muchas tengan su origen en el tráfico marítimo y en la guerra naval. O sea que una visión puramente utilitaria diría que son un carnet de identidad a distancia de grupos, objetos o instalaciones. Los ingleses imperiales y pragmáticos sentenciaban que la conquista (la bandera en la guerra y la política) precedía al comercio –“Trade follows the flag”- y de alguna manera relacionaban los dos candidatos históricos a impulsores de la modernización, el Estado y el Mercado. Para ambas actividades es esencial saber con quién tratamos. Y en temas de identificación es muy relevante la falsificación y la impostura. También lo que hoy se “rebautiza” como “fakenews”. Ya saben ustedes que en el tráfico marítimo hay “pabellones de conveniencia”, o sea que su bandera es la de quien da más ventajas regulatorias, laborales o fiscales, no la de sus dueños o armadores. Y también que es muy vista secuencia cinematográfica la de los piratas que hasta el último momento no izan la de las tibias y la calavera, para sorprender a la ingenua presa.

Ven ustedes lo fácil que resultaría relacionar lo que antecede con lo que estamos viviendo en eso que la jota aludía como “España y sus regiones”, pero quiero insistir en la inocencia y utilidad de las banderas. Reconozcamos además que son una construcción social que identifica, une y convoca. No es un tótem, pero por ahí le anda. Claro que también diferencia entre colectivos, pero ello no implica confrontación, ni fomento de la irracionalidad. Yo reconozco que las banderas me dicen mucho (la similitud de sus formas, dibujos y colores, se agrupan por historia y geografía) y me gusta la de España. Técnicamente cumple y admito cierto pellizco emocional. También me gusta la de Andalucía. La blanquiverde de Carlos Cano. Con menos historia, pero viene a traer paz y esperanza. Lo dice el himno. Bienvenida sea.

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

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