Esperando el santo advenimiento

 

En la sala de espera hay menos asientos que “esperantes”, un mostrador de información y registro, y diez puertas numeradas que conducen a las consultas. La de los análisis va rápido, pero las otras se toman su tiempo de duración aleatoria. Los que esperamos no sabemos cuál es nuestro turno, ni cuando nos tocará. La gente es heterogénea en edad y sexo. Es paciente (adjetivo sustantivado, por algo será) y los más se entretienen con el “esmarfón”, el malvado “telefonino”, protagonista de cualquier soledad que se precie; pero también se vigilan disimuladamente en previsión de que los servicios se interrumpan ocasionalmente (se van a desayunar o por necesidades fisiológicas), o que alguien, un “enchufado”, se cuele. La confianza en el sistema es frágil. El pueblo tiene interiorizado que el poder no se materializa sólo en la riqueza, sino también en “colarse” en todo, en poner su “tiempo” por delante del tiempo ajeno. El importante siempre hace esperar al insignificante. El economista piensa por un momento en la teoría de colas, en el estudio matemático de las líneas de espera para disminuir costes, mejorar el servicio; en los tópicos plausibles (“elijas la que elijas, tu cola siempre será la más lenta, y si te cambias lo empeoras”), pero enseguida vuelve por los cerros del tiempo y la filosofía, y, más allá, sobre la utilización de la espera como estrategia de dominación. Remito a Bourdieu: el poder hace que la gente espere, retrasa sin destruir la esperanza. Otro, más bien sociólogo, escribió “Pacientes del Estado” y relacionó la espera con el clientelismo, el poder, las desigualdades, el “disciplinamiento social”. Javier Auyero, argentino él, escarba en el peronismo para buscar evidencias, pero también ilustra con “Esperando a Godot” y “El Proceso” kafkiano. Para soportar mi espera, también caigo en las redes de Internet y me lanzo a una búsqueda cuyos resultados, más bien estimaciones curiosas, estremecen. Leo que nos pasamos cuatro años de nuestra vida haciendo cola, y las recetas para soportar las esperas (transportes, burocracia, servicios públicos, sentencias) son centrales en cualquier manual autoayuda. ¿Es ineficacia o estrategia?

Ahora que en campaña electoral se hacen las promesas de siempre, para esos problemas de siempre que tenemos inventariados y diagnosticados; cuando se trata de “vender” intervenciones públicas a cambio de votos, cuando resplandece el clientelismo y el populismo, cabe preguntarse si no seremos víctimas de una espera eterna y provocada que nos hace más sumisos y dependientes. En la búsqueda electrónica he encontrado la definición de “santo advenimiento”: esperar a que suceda un acontecimiento de gran importancia y significado y que está tardando mucho en tener lugar. Toca mi turno en la consulta y me inunda el optimismo. Luego me refugiaré en el olvido. Salgo y me pongo en la cola del autobús. Pacientemente.

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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