Vigente el topicazo del “relato” parece que la semiótica de los signos y de las imágenes también se haya apoderado de la posmodernidad. Todos caemos en el vicio de la innovación bastarda del lenguaje como si alguien no hubiera desde Maricastaña demostrado el poder de las palabras (¡divinas palabras!), de las cuentos y de las metáforas. Mesnadas de periodistas, analistas, tertulianos, blogeros, influencers, y políticos del camelo y la impostura, andan lanzados a la innovación sintáctica y morfológica en busca del premio a la originalidad por exhibir en los medios y redes sociales la calumnia más aguda, la ingeniosidad más insultante. Dirán ustedes que siempre ha sido así, pero reconozcan conmigo que la tormenta perfecta nace de la confluencia de una multitud de participantes, de las indómitas tecnologías comunicativas, de la magnitud del problema catalán y, sobre todo, del tiempo que está tardando el gobierno en meterle mano (aquí, sí, perdóneseme la malvada frase hecha), porque es el gobierno de don Mariano quien tiene que hacerlo. Ya. Con los ladrillos de las palabras se construye el “discurso” (otro presunto neologismo conceptual), y entre ellos se identifica algún material que fue de desecho o antiguo, pero que sirve para algún fin, como la conexión con la tradición o la construcción de un árbol genealógico de ideas. La izquierda antisistema lo hace con gran desenvoltura. Los economistas en general, y algunos muy en particular, estamos acostumbrados a eso del “relato discursivo” y también a las metáforas engañosas o edulcorantes. No en vano un gran profesor/a y conspicuo “trans” como Donald/Deirdre McClosky desvelaba que “básica y rutinariamente, el noventa por ciento de lo que los economistas hacemos consiste en contar relatos”, lo cuál tiene la ventaja de que identificamos con presteza el relato de los demás. No sé si acierto pero percibo que el término “solidario” va siendo sustituido por el vocablo “fraternal”, de rancia prosapia, más cargado de emoción, calor y proximidad, y que remite a revoluciones y asonadas. Los de Podemos y sus franquicias separatistas lo arrastran desde sus estatutos, pero ahora, y cuando más fratricidas son los enfrentamientos, los oradores podemitas, secesionistas y otros, invocan la fraternidad casi siempre con un discurso agrio y con cara de pocos amigos.

Es cierto que los hermanos se llevan como se llevan y que el Génesis plantea la inevitable dualidad de los “caínes” y los “abeles”, pero el amor fraterno es prédica indispensable en toda comunidad. La riqueza conceptual del término queda postergadas en mi memoria por la insurgencia de los versos de Rubén Darío, “Espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!”, en aquel poema con marcha que seguro está borrado de todos los textos políticamente correctos, pues el bardo se atrevía a hablar de “raza” en vez de “etnicidad”. Orate fratres.

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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