Un ciudadano pide prestado el coche a su vecino y se lo devuelve con roces y abolladuras. Ante la reclamación indignada del propietario va y se defiende: yo te lo devolví en perfecto estado, el coche cuando me lo prestaste ya estaba abollado y además tú nunca me has prestado un coche. El chiste no es de aquel Eugenio (“¿Saben aquell que diu…?) sino de Freud indagando en el humor y sus mecanismos, sólo que me he permitido sustituir el “caldero” prestado del original, por un “coche”, por aquello de la modernización. A bote pronto, entendemos que en ocasiones muchas razones, justas de una en una, se invalidan conjuntamente por contradicción, y también que a veces su exceso revela más que lo que se dice (objeto de la semántica), la intención con que se dice (objeto de la pragmática). Algún suspicaz podría trasladar este análisis al Decreto-ley “por el que se deroga el despido objetivo por falta de asistencias al trabajo establecido en el artículo 52.d)” que forma parte de la “reforma laboral” del PP, o más bien a su largo preámbulo o exposición de motivos: siete páginas de apretada prosa burocrática justificativa, escasa media página dispositiva con un sólo  artículo derogatorio. El legislador se carga de razones en su excelente exposición donde se podría traslucir un talante que se añade a otros indicios amenazantes y advertencias innecesarias que el ejecutivo de coalición viene realizando. Siempre es de lamentar que algo tan evidente como el necesario equilibrio entre los derechos sociales y el absentismo abusivo no se alcance a través del diálogo y la negociación. Es difícil sustraerse a esa vigente manía de traer el pasado al presente y proyectarlo al futuro, y aquí recuerdo que tras la proclamación del nuevo régimen el 14 de abril de 1931 “las actitudes fueron entonces más bien de expectación e incluso de entusiasmo entre muchos pequeños y medianos industriales y comerciantes”, en palabras de Mercedes Cabrera, catedrática y ex ministra de Rodríguez Zapatero. Se entiende que Indalecio Prieto en Hacienda y Largo Caballero en Trabajo no inspiraran ninguna confianza a los empresarios y de la “expectación” se pasó a la “exasperación” alimentada con las acusaciones de parcialidad legislativa y ejecutiva al gobierno. Añádase a la evidente analogía que España sufría también entre 1930 y 1935 un “estancamiento” o una “somera” depresión.

Conseguir ese difícil equilibrio entre la inevitable parcialidad política (así lo quiere la gente, “que gobiernen los míos”) y el propósito de “gobernar para todos los ciudadanos”, debe ser siempre un objetivo del gobierno. No puede quien administra intereses opuestos ser neutral (Gabriel Celaya maldecía “a los neutrales que, lavándose las manos, se desentienden y evaden”) pero tampoco debe arbitrar el partido vestido con la camiseta del equipo contrario. Lo suyo es evitar, a unos y a otros, provocaciones innecesarias, y exhibir mejor talante.

 

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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