Fabricar o importar

Detecto que en el tiempo pandémico a muchos les ha dado por pensar y por revisar dilemas clásicos. Para ello existe el recurso, muchas horas, y también el incentivo, que en última instancia resulta ser el gran miedo al futuro o sea a la muerte. Peligroso empeño porque también el mucho pensar, mata. Adviertan ustedes que se plantean temas tradicionales referentes al valor de las vidas (según edad, localización o recursos), también sobre la posición de la salud en la escala de la felicidad, el equilibrio imposible entre libertad e igualdad, y sobre otros asuntos que parecen nuevos pero que ya los griegos de Pericles tenían una palabra para nombrarlos. Las novelas o películas de ciencia ficción son un inagotable caladero metafórico. Me permito remitirles a la saga de los Terminator y al androide T-1000, un robot con propiedades sorprendentes, fabricado con una “polialeación mimética” (sic), pero sobre todo llamativo por la capacidad de autorregenerarse. Agujereado por todo tipo de impactos, reducido a fragmentos de metal líquido, éstos se van juntando para recomponer la máquina asesina. Así, hay problemas que parecen “resueltos” y abundantemente desentrañados por generaciones de lumbreras intelectuales, que en momentos de crisis vuelven a reconstruirse y a inquietarnos sin piedad.

En lo económico (y en general en las ciencias sociales) esto viene favorecido por la convivencia de paradigmas científicos que permiten la vitalidad de doctrinas opuestas y mezclan a tipos como Smith, Hayeck o Marx, rebajando el conocimiento al relativismo o a una mera caja de herramientas. Por suerte, no siempre es así y el tiempo va eliminando aquello que no se aproxima a la verdad, con la inestimable ayuda de la experiencia. Pero a veces el T-1000 resucita y vuelve  la carga. Ocurre con el debate entre lo público y lo privado, aunque ahora trato del dilema entre fabricar o importar y del rechazo de la globalización por unos renovados defensores del proteccionismo. Recuerdo aquello de que “si usted piensa que la educación es cara, pruebe con la ignorancia”, para trasladarlo a la globalización y a su alternativa la autarquía. La referencias políticas al desarrollo endógeno, a limitar el negocio a la demanda interna (turística o cualquier otra) o a la sustitución de importaciones, deberían estar presididas por la racionalidad, no por las ideologías. El comercio internacional y su deriva globalizadora, está sin duda sembrado de reciprocidades y de poder de negociación. Se trata de competir lo mejor posible y hacer más relevantes las instituciones internacionales arbitrales. La autarquía no es viable ni técnica ni económicamente y siempre remite a otros problemas. Decidir por decreto la producción nacional de ciertos bienes implica una definición de “estratégico”. En unas ocasiones lo serán las vacunas, en otras el papel higiénico y en otras las mascarillas. A estas alturas deberíamos saberlo.

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

 

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