Falacias en agosto

 

Mi nieto de tres años, Yago, sabe contar. A veces se ayuda con los dedos de la mano, un ábaco tradicional y, obviamente, manejable, y nada sabe de falacias. Entiéndanse por tales los argumentos falsos o envueltos en argucias de apariencia racional, en gestos fingidos o en formas engañosas. Son legión. O sea tantas que los retóricos las clasifican y enumeran antes que buscarles una definición que comprendiera a todas. En verano se recomienda atender más a lo físico que a lo mental, más al ocio que al negocio, más a lo exótico que a lo común, y por eso este agosto del 2020 va de fracaso en fracaso salvo que se contabilice como excepcional y novedoso “lo fatal”, aquello que en versos Rubén Darío sintetiza en “y no saber a dónde vamos/ ni de dónde venimos”. Sobre todo en lo colectivo. El caso es que yo desconecto mal y no me quejo aunque de buena hora me entren informaciones y opiniones. Por tierra, mar y aire de la radio, prensa y fibra óptica, que me incitan a seguir durmiendo a la vez que lo impiden. En las llamadas “tertulias” me intereso por los aspectos accesorios, que los de fondo se repiten con insistencia aburrida tanto en su defensa como en su crítica. La abundancia nos ha llevado a la redundancia, a la imitación y a la devaluación como si de un proceso de crecimiento descontrolado de la oferta monetaria se tratara. En agosto se aprecia la actuación de sustitutos temporales de “moderadores” y “tertulianos” que dejan ver una falta de acoplamiento que afecta a los tiempos de las intervenciones y al orden de la conversación. De esta forma se prolongan los minutos en que todos hablan a la vez y en controversia, en una clara emulación de lo que sucede en el gobierno, aunque aquí yo tenga solución más fácil: apagar la radio. Durante el tiempo que soporto la escucha intento identificar las falacias más frecuentes en relación con terceros. Van ganando por “foto finish” las más utilizadas en el debate político que no son otras que las que se basan en un ataque personal. Léase en latines como “ad hominem”: descalificar al oponente es la estrategia, no refutar sus argumentos.

Lo contrario se suele enunciar como argumentación “ad rem”, o sea “sobre el asunto”: sobre la monarquía y no sobre los monarcas, sobre la imputación y no sobre el imputado, sobre las reformas y no los reformadores. Dicen que este tipo de argumentos termina con mayor facilidad en acuerdos, pero es propio de expertos. De gentes respetuosas, conocedoras de la materia, fanáticos de la objetividad, adoradores de la duda metódica. Mirlos blancos. La ciencia es medición y ello exige que, al menos sepan contar. Una operación lógica y matemática previa a todo cálculo y resultado. Contar muertos, contar aciertos, contar mentiras, contar dinero, contar parados, contar votos. Sin buena contabilidad (“contar con habilidad”) no hay buena economía. Ni juego limpio. Por eso me gusta comprobar en agosto que Yago sabe contar.

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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