Faltar al respeto

 

Hubo un tiempo y un país en que se encarecía el respeto a muchas cosas. Nuestras madres hablaban de “faltarle al respeto” como una grave ofensa a alguien, además de recomendar no ser “contestón”, no decir mentiras, no dar gritos, no insultar y ser ordenado y limpio. Y digo las madres porque a ellas correspondía mayormente nuestra sociabilización básica a edad temprana, bastante antes de que la educación reglada empezara a hacer estragos en nuestros espíritus. No sé ahora quién se encarga de esta tarea ni si es que a alguien le importa un bledo que alguien la realice. Esto del “respeto” (a las personas, que las ideas no tienen alma) se me antojaba entonces y ahora como algo muy sutil y voluntario, un paso previo a lo obligado, a la solidaridad, a la fraternidad e incluso al amor, y, sin duda una actitud cada vez con menor apoyo colectivo e institucional, no digamos ya político, campo abonado para el insulto, el menosprecio, el escrache, la amenaza o el acoso. Hasta hace poco, incluso el público, así en general, era denominado “el respetable” y la respetabilidad era una cualidad deseada. Hoy más bien resulta una antigüalla, un signo conservador –¿quizá neoliberal?- que se constituye en síntesis de las libertades básicas individuales (de movimiento, de expresión, de propiedad, de reunión) hoy de capa caída frente a nuevos derechos sociales y políticos. El respeto está mal visto, es sospechoso, al margen de las convicciones y actitudes voluntarias, y ya solo lo impone el miedo, como se evidencia en la caracterización del  “uomo di respetto” como un mafioso que no renuncia a ningún medio para conseguir sus objetivos. No se respetan los políticos entre sí, ni los parlamentarios, ni los “invitados” de los “reality show”, ni se respeta a los jueces, y del Rey qué les voy a decir. Además se defiende que esto es lo propio de una sociedad postmoderna, “líquida” y progresista, amante del debate y del intercambio de ideas.

Pero aún lo más indignante es que no se respeta a los abstractos ciudadanos, encarnados en administrados, contribuyentes, productores y consumidores. Y ya en lo concreto les diré que lo que viene ocurriendo con los Presupuestos Generales del Estado me parece una burla, una formidable falta de respeto con las instituciones y las leyes, pero sobre todo con los ciudadanos con la excusa de que todo es legal, incluso el fraude de ley y la traición a los objetivos nacionales. Todas estas idas y venidas procedimentales, si serán o no serán, con un déficit del 1,8% o del 1,3%, con qué impuestos, con qué regulaciones, a quiénes afectarán y de qué manera. Toda esta inseguridad afecta a esos trabajadores, empresarios, consumidores, contribuyentes, que ante ella se paralizan o peor: se sumergen o se deslocalizan y se van con la música económica a otra parte. Sin duda mi madre diría que los que gobiernan nos están faltando al respeto y sólo en unas elecciones se lo podemos reclamar.

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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