Fe de erratas

 

Este gobierno es una errata. No tanto porque la vicepresidenta Calvo puso “relator” donde procedía mejor “objetor o “delator” sino porque la postmodernidad nos obsequia con plétora de políticos y ejecutivos nacidos de pulsar la tecla equivocada. Lo es el gobierno de Sánchez y puede serlo el de Moreno Bonilla si no legitima su origen algo promiscuo con una legitimidad de ejercicio y que Dios les ayude.  El fenómeno (“erratum” o “corrigenda” para los anglosajones, siempre tan amantes de los clasicismos) no es tan lesivo. Está tan extendido que la gente se lo toma a broma (hay cientos de erratas graciosas) y se soluciona dando fe “a posteriori” de los muchos piojos o gazapos (“caries de los renglones” según Cernuda) que se cuelan en las redacciones de los periódicos, en los tratamientos de textos o en cualquier publicación, pero también en la cultura y en la ciencia. La estupidez de tratar de “curar” una recesión subiendo los tipos de interés sólo se le ocurre al que asó la manteca y al Banco Central Europeo (tan plagado de economistas punteros y de computadoras último grito), por lo que inferimos que se debió a una errata: alguien apretó “subir”, cuando quería pulsar “bajar”. Pretender crear empleo eliminando el impuesto de sucesiones, sólo se puede deber a una errata, como lo es buscar el equilibrio presupuestario vendiendo suelo público, todo por evitar la maldita palabra “privatizar” aplicada a actividades de contenido económico, situación a la que finalmente se llega mal y tarde. Cuentan las crónicas que esto de las erratas tuvo su esplendor con los monjes copistas que se dejaban los ojos en códices y manuscritos, y en tan minucioso trabajo el diablo metía baza para alterar términos, bailar letras y confundir palabras. Se requería una inspección que al menos hiciera una relación final de lo errores advertidos, a veces tan extensa como el mismo texto. La cuestión es que las imperfecciones se deberían más al descuido (vicio diabólico) y a la dejadez, que a la ignorancia. La celebradas confusiones entre “marisco” y “morisco”, “ceño” y “coño” o “ínfimos” por “íntimos”, son divertidas pero no lo son otras que alteran la cadena del ADN social de las sociedades avanzadas, técnica y democráticamente.

Entiendan que lo digo porque con tanta exuberancia de expertos, investigadores y recursos materiales, Trump sólo puede ser una errata política, como lo son Maduro, el Brexit, los populismos, el resurgimiento de los proteccionismos, la exacerbación de la diversidad sin cohesión alguna, los nacionalismos recurrentes y pertinaces, y tantos gobiernos e instituciones. Me niego a pensar que formen parte del texto base de la historia actual y que no puedan evitarse. Los humanos releemos con el cerebro y sus rutinas, no con los ojos y el diccionario, de ahí que las erratas se escapen a las relecturas y se requiera un corrector profesional. Personaje no recomendable en asuntos sociopolíticos.

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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