En todas las sociedades existen grietas, fracturas, fisuras sociales que algunos politólogos identifican como “líneas potenciales de división” y que desde los años setenta del siglo pasado algunos nombran como “clivajes”, quizá por aquello de la hegemonía angloparlante y del intento de que la jerga científica inocule novedad y riqueza a un concepto vetusto. El caso es que estas diferencias, más o menos estructurales, pueden resultar explicativas de los comportamientos políticos grupales y resultan básicas en la democracia de partidos. Los tipos tradicionales de fracturas (identificadas por Lipset y Rokkan) han venido siendo las producidas entre el capital y el trabajo, el centro y la periferia, lo rural y lo urbano, la Iglesia (o la religión institucionalizada) y el Estado. En Sevilla existen fracturas y fracturillas, y las más aparentes (por ejemplo entre béticos y sevillistas, entre Triana y Sevilla, o entre algunas Hermandades) son sin embargo fácilmente superables. Lo mismo ha venido siendo en Andalucía, y también en España hasta que algunos individuos e instituciones han aprovechado la grietas potenciales para agrandarlas o dejar que se agranden por ignorancia, estupidez o interés. La crispada situación que se vive en Cataluña tendrá un desenlace el 1 de octubre, pero hacen bien los que están pensando en los días después, porque lo complicado va ser ir cerrando la fractura territorial (no por eso menos humana) del tipo centro-periferia, que se ha ido ampliando artificialmente por los secesionistas con herramientas emocionales de toda índole, y, como tales, muchas veces contradictorias. Una mezcla extraña de victimismo (“nos roban, no nos quieren”) y de “verduguismo” (“somos distintos, somos mejores, más trabajadores, decidiremos nosotros”), pero sobre todo una interferencia con otras divisiones conflictivas que son superadas con la eficiente argamasa del separatismo radical.

No se acaba de entender cómo gentes y partidos de izquierda, que defienden la solidaridad y la igualdad, transigen con las argumentaciones que fundamentan su independencia en la insolidaridad con otros ciudadanos con los que llevan conviviendo cientos de años. Porque la proclama se sustenta en razones supremacistas, que además son falsas. Sólo se entiende la estrategia desde la perspectiva de que el fin justifica los medios, de que por algún sitio hay que empezar, o incurre en el tipo de diferencias tácticas entre Lenin y Trotsky: comunismo global o comunismo en un solo país. Detrás de la manipulación de la fractura siempre estará la factura, y no se olvide que va a existir sea cual fuere la solución. A la vista de sus declaraciones, de ello es consciente la presidenta de la Junta que seguro dispone ya de cálculos referidos a diferentes escenarios. Los más hartos opinan que, si se quieren ir, que se vayan; pero ¡ojo! no se querrán ir con lo puesto, ni pagar sus deudas. Esté o no esté Rajoy en la Moncloa.

 

 

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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