Fue bonito, mientras duró

 

Insinuó CR7 que podría abandonar el Real Madrid, captó incisivo el entrevistador la noticia y a segundo plano pasó la decimotercera, la euforia (natural, pero algo impostada) alimentada por el torrente de lírica deportiva, una prosa poética que, conjuntamente con la taurina, tanto nos enseña a todos. El deporte –y el fútbol actual es paradigma- siempre fue el simulacro o la continuación de la guerra por otros medios, la metáfora de la lucha cotidiana, y hoy es el modelo de una organización económica eficiente, apreciada en un equipo, en una competición o en un campeón. El entrenador manda, impera el funcionalismo (incluso la polivalencia en el terreno de juego), cobra más quien más hace y mejores resultados obtiene, el que fracasa se va, los árbitros son un poder fáctico. Ya está dicho que poco de esto se soporta ya en la sociedad, ni en la empresa, ni en la mayoría de las instituciones, pero en el deporte se exige. Escuchaba a Cristiano diciendo eso de que “fue bonito jugar en el Real Madrid” y luego a Bale avisar de que consultará con su agente (el mundo está en manos de los intermediarios) sobre su destino futuro, y pensaba que todos somos mercancías, y que no sé si me gusta. Todo mercantilizado, todo en el mercado, todo tiene un precio y mire usted al ocio, a la belleza, a la religión, al amor, al bienestar, a la amistad. Y al deporte, que es televisión y espectáculo. Con reiteración, escribe Peter Burke en su historia social de los medios de comunicación, que también las noticias son mercancías, al menos desde el XVI. Eso explica que las haya falsas, imitadas, averiadas, construidas o amañadas ¿por qué no?.

Pero veamos las ventajas del modelo futbolero, y por extensión las ventajas del comercio sobre otros ámbitos más románticos llenos de irracionalidad y buenas intenciones. Real Madrid y Liverpool son organizaciones excelentes con dificultad para encontrarles valores territoriales, con una intrahistoria anclada en unas supuestas virtudes que podrían ser los de cualquier legión extranjera. Son construcciones sociales, que por suerte prescinden de racismos, xenofobias y de cualquier otro criterio excluyente que perjudique a la eficacia en su objetivo: ganar. Ganar partidos, y ganar dinero. Los jugadores rivales se saludan fraternalmente, se ayudan a levantarse, se felicitan y se aplauden. Hoy estoy aquí, mañana allí, y pasado mañana en China o Japón en un retiro dorado. El eje nacionalista ya no pasa por las elites sino que queda para las divisiones inferiores, para los atascados en el aldeanismo. Verán incluso cómo el Mundial de naciones se comporta como un espectáculo mercantil lejos de inquinas irracionales y pasiones localistas. Otra cosa es que la política lo aproveche de forma colateral, casi inocua. Como mucho, alguien cambiará de equipo y dirá que fue bonito mientras duró. Todo un ejemplo de movilidad.

 

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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