Galería de heterodoxos

 

Para poner esta columna en suerte les recuerdo que en muchas materias han existido un dogma y una moral predominantes que para ser más modernos podemos llamar “mainstream” o pensamiento “políticamente correcto”. En la actividad científica se suele conocer como “paradigma” y es como un mapa que orienta la diversidad infinita de investigaciones menores hasta que su fracaso propicia la aparición de un relevo más exitoso. En la práctica, los mapas equivocados o incompletos pueden ser útiles porque preguntando se llega a Roma y la inexactitud no afecta a muchos objetivos de la búsqueda. La equivocada creencia de que nuestro planeta Tierra está en el centro del universo y el sol gira a nuestro alrededor, no ha impedido el desarrollo de un buen número de culturas, e incluso que fueran pioneras en aplicaciones astronómicas. Si esto ocurre con las ciencias llamadas físicas, imaginen la posibilidad de convivencia simultánea de teorías en las ciencias sociales. En el área de la economía me son especialmente atractivos los heterodoxos, no sólo porque hayan servido de contraste para construir una verdad provisional, sino por la propia brillantez de su herejía. A caballo entre el siglo XVIII y el XIX, dos clásicos, discrepantes aunque amigos, debatieron sobre aspectos trascendentales de la socio economía, y en el debate entre David Ricardo y Thomas Malthus parece que ganó y convenció el primero, algunos dicen que para nuestra desgracia. Malthus pensaba que en el ciclo económico capitalista habría inevitables crisis de superproducción, o sea se tendría un atracón de bienes y servicios producidos (“glut of commodities”) que nadie podría comprar debido a la escasez y desigualdad de rentas. Ricardo se sacó de la manga la referencia a un tal Say, francés economista y empresario, que defendía que “la oferta genera su propia demanda”, algo así como si la oferta de pisos o de arquitectos generara su demanda, ley que se cumple a veces, según y como, pero que tomada al pie de la letra tiene efectos letales. Al desarrollo de nuestra persistente crisis me remito.

El heterodoxo Malthus pasó a un segundo plano, además etiquetado de lúgubre y catastrofista por aventurar que el ritmo de crecimiento de la población sería muy superior al de los alimentos, con lo que el fin de la humanidad estaba asegurado, y dio nombre al maltusianismo, una vituperada política de control demográfico. Lo cierto es que no sabemos cuál es el número de habitantes ideal para un territorio o ciudad (Platón recomendaba 5.040 para la “polis”), y ahora hablamos de los males de la España “vacía” y de la ruina del sistema de pensiones por la exigua natalidad, pero los herederos intelectuales de Malthus cifran el éxito europeo en la falta de crecimiento vegetativo: hijos mejor educados, mujeres más activas. Tenemos demasiados productos y demasiada prole. Cosas de la heterodoxia.

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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