Intolerancia en agosto

 

No estoy yo seguro de que exista correlación entre los meses y la intolerancia. Así que debo excusarme por contar mis perplejidades y no mis seguridades, aunque siendo éstas las comunes y más simples la tendencia se entiende. Si no se relaciona con la época, si lo está en grado sumo (me adelanto a decir que la política y las religiones son abscesos de intolerancia) con ciertas clases de actividades donde se juega algún tipo de hegemonía; de dominio sobre el prójimo, sobre los recursos escasos, o más simplemente por algo más peligroso: la imposición y propagación de creencias e ideas. Keynes, como otros antes y después, refiriéndose a la socioeconomía destacó el poder de las ideas y lo plasmó en la conocida afirmación de que incluso los profesionales menos “intelectuales” son, sin saberlo, “esclavos de algún economista difunto”. Aduzco dos razones que me justifiquen la intolerancia como tema, una circunstancial y otra inquietante. He revisitado la canónica película (1916) de Griffith que así se titula y narra sucesos históricos que la ilustran. La segunda es la creciente actitud intolerante que ha prendido en nuestra sociedad, por unos años orgullosa de su tolerancia. Se ha fraguado entre estallidos nacionalistas que exaltan el terruño, la lengua y el alma colectiva propios, y doctrinas totalitarias que se proclaman poseedoras de la única verdad, y que al oponente le callan y expulsan con la recomendación irónica de que “cierre al salir, señoría”. Todo una síntesis de programa político. La intolerancia democrática es justificable únicamente frente el incumplimiento de la ley, las líneas rojas sólo las dibuja el Estado de Derecho. El peligro reside en que el empeño en castigar las ideas o fe de otros protege a la tribu, compacta el grupo, lo cohesiona a costa de pagar un precio humano muy caro: legitimar que otros procedan luego con violencia, ya sea contra judíos, cristianos, migrantes, hugonotes (Griffith), homosexuales, discrepantes en general.

No exagero si señalo que las víctimas de la pandemia y su gestión son los fallecidos y los arruinados, pero luego también la verdad como víctima habitual. Le siguen otras argamasas sociales, entre ellas la confianza y la tolerancia. Y no olvidemos el fracaso del conocimiento, de la ciencia. El fundamentalismo científico (otra forma de integrismo e intolerancia) que había sustituido al fundamentalismo religioso, a sus jerarquías, sus santones, sus ritos, sus procesiones y rogativas tan habituales en anteriores pestes, epidemias, plagas y sequías. También en economía, donde lo único evidente es que el tsunami de la deuda está amenazando. Estamos ante la tercera, al menos,  crisis del pensamiento económico, tras la segunda descrita y analizada por la economista Joan Robinson. Griffith se endeudó de por vida para financiar su emblemática película. Murió arruinado. En esta confusión nada estará perdido si salvamos la tolerancia.

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

 

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