No me tomen por frívolo si les confieso que de la Comisión de Investigación sobre el 11 de marzo me interesan sobre todo los aspectos sociológicos y ese toque de gran teatro del mundo donde estamos representados todos los españoles con abundancia de dejes autonómicos. ¿Y el objetivo primordial, la verdad de los hechos? Inalcanzable y oculta por intereses, prejuicios y creencias, se resbala entre los dedos cuanto más tiempo pasa y más pruebas afloran. El crimen perfecto, existe. El número de magnicidios (grandes en cantidad o calidad, que tanto da) históricos sin resolver es abrumador: el Holocausto, los Kennedy, la Guerra Civil. Son ejemplos. De la mano de ese consolador escepticismo y envuelto en las propiedades estupefacientes del combinado formado por la tele y el aire acondicionado, sigo dedicando algunas tardes a seguir en directo los diálogos múltiples entre interrogadores e interrogados. Ese es mi país, y sin embargo le quiero. A pesar de que Olabarría atribuya a un ministro de Franco frases de Goering, de que Castells asegure que llevamos quinientos años de dictadura, del fracasado sarcasmo de Fungairiño, de la petulancia de Garzón. A pesar o debido a las elegantes ínfulas de Dezcallar.
Mi país, partido en dos: los de los pupitres y los del estrado. El mundo al revés. Los interrogadores sobreactúan sintiéndose observados bajo el síndrome del “Gran Hermano”, gesticulan y aparentan urdir astutas preguntas con las que confundir a los comparecientes, felicitan y agradecen, y, sobre todo, leen un libreto previsible dirigido a arrimar el ascua a su sardina partidista. Fácilmente se cae en la trampa de ponerse del lado del estrado, más profesionales y directos, incluso los porteros y los guías caninos. Los de arriba y los del patio de butacas son fruto de diferentes procesos de selección, y los elegidos por el pueblo no son superiores a los que declaran. Los interrogados están ahí por su pertinencia, conocimiento y responsabilidad, mientras que los inquisidores están para llevar el agua a su molino. Un país no funciona si le fallan los mecanismos de selección de personal. Los mejores ¿para qué? En las empresas para obtener beneficios y en el deporte para ganar competiciones, pero en los asuntos públicos y en la política, no se sabe. Ganar, en los congresos de los partidos o en las elecciones, es lo que legitima la victoria. Ganar para ganar. Luego, comprendo que mi juicio no es justo: no son mejores los interrogados que los interrogadores. Son partes que se complementan. Son elementos indispensables de la comedia humana.

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