Las incógnitas fundamentales que hay que despejar son las siguientes: si habrá o no referéndum secesionista el día 1 de octubre; si lo habrá o no en algún momento posterior (incluso ligado a una reforma constitucional); si del resultado de sus efectos se deducirá la independencia de Cataluña. Sin duda existen otros interrogantes secundarios o derivados pero en mi opinión son los citados los que ocupan nodos clave para desencadenar consecuencias transcendentes para nosotros como nación y como ciudadanos. Juristas de prestigio y analistas políticos mantienen un fervoroso debate sobre aspectos tan relevantes como si la ley está por encima de una renovada voluntad popular expresada directa o indirectamente, sobre en quién reside la soberanía o sobre cuáles son los mecanismos legítimos para producir un cambio social y jurídico. Los gobiernos exhiben su panoplia argumental, y su arsenal de medidas y contramedidas, los partidos políticos arriman el ascua del conflicto a la sardina de sus intereses, los sindicatos se ponen de perfil y los empresarios reclaman estabilidad y exhiben prudencia para que en sus declaraciones no se les echen encima tirios y troyanos. El ciudadano asiste perplejo al espectáculo de improperios y descalificaciones, de contumacia e intolerancia, y en gran medida acaba cayendo en la radicalidad de alguna de las posturas o, lo que es peor, en la indiferencia. Un economista en el tejado no puede menos que reflexionar sobre las repercusiones de las alternativas planteadas sobre el bienestar de los ciudadanos (y de los andaluces en concreto), e intuye que la secesión es un juego de suma negativa, pero cree que ya pocos atienden a razones y que lo emocional desplaza cualquier otra consideración. Sustento esta percepción en las declaraciones, prédicas y reflexiones que mis colegas catalanes hacen sobre la exigencia del referéndum de marras y la consecuente “obligación” de votar “sí” a la independencia. El nacionalismo vertebra más que cualquier otro impulso ideológico, y la prueba está en la apreciable “intelligentsia” profesional y académica que respalda la secesión frente al fraccionamiento de los oponentes que parecen querer dejar al gobierno, a “Madrid”, al “centralismo”, a Rajoy, solos ante el peligro.

Así, el catedrático Sala-i-Martin publica en las redes sociales un resumen sintético de su libro “La hora del adiós” afirmando que “Cataluña dentro de España no funciona”, defendiendo la viabilidad de una Cataluña independiente y llamando al voto afirmativo a la separación. Tanta seguridad en un académico tenía que venir precedida de un toque de relativismo, porque la duda es inherente a la ciencia. Por eso empieza su alegato reconociendo que nadie puede predecir el futuro y que “la cosa puede ir bien o mal”. Pero ¡ay! “los catalanes queremos tener el derecho a decidir. Queremos tener el derecho a equivocarnos” (sic). Acabáramos.

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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