La lucha por la desigualdad

 

La igualdad tiene prestigio público y es mantra ubicuo y persistente, pero lo que mueve a la gente cotidianamente es la búsqueda de la desigualdad. Un ejemplo más de la hipocresía ciudadana. Desde aquel acierto de añadirla a la “fraternité” y a la “liberté”, la consigna de igualar a los humanos no falta en ningún ideario político que se precie. Incluso Vox titula en la prensa “Ni un paso atrás en la igualdad real”, y excusaremos la muletilla del “paso atrás” si no insisten en la más tertuliana de “hemos venido para quedarnos”. Pero mire a su alrededor y díganme si no es más cierto que la lucha por la desigualdad mueve el mundo. Ya sé que el término es polisémico, adjetivable para adaptarse al terreno (“real”, “económica”, “biológica”, “cultural”), y vecino de los conceptos de diferencia, diversidad, variedad, pluralidad, creando un ámbito donde lo contradictorio abunda. Por ejemplo, el ideal de eliminar las diferencias económicas mientras se aceptan y potencian las culturales trae de cabeza a los multiculturalistas. Pero creo no equivocarme si observo que el igualitarismo es aburrido a pie de calle, pues lo que gusta es la desigualdad en el deporte, en la educación, en la moda, en las teorías o en los roles sociales. Lo que indigna y se rechaza es la injusticia. Claro que usted dirá que lo criticable es el desigual acceso a las oportunidades profesionales, a los recursos materiales, a un lugar en el “ascensor social”, y ahí le doy la razón no sin preguntarme si todo esto de mejorar, progresar, ganar, superar, no pertenece al ámbito de la conquista de la desigualdad. Subir un escalón para seguir subiendo y distanciarse del pelotón. Y esto sin acudir a Parsons, Davis, Moore y demás funcionalistas que predicaron que la estratificación social jerarquizada es buena para la sociedad en su conjunto y sobre todo inevitable. Siendo el bípedo implume una especie solidaria hemos convenido igualdades ante la ley y la justicia, ante un buen número de bienes y servicios públicos, ante otras lacras discriminatorias. Pero decepcionan los incumplimientos de las más elementales. Frente a todas estas igualdades hay personas “más iguales que otras” que diría Orwell y la acción del Estado a veces acentúa las diferencias, cuando no crea otras nuevas. Pocas situaciones más desigualitarias que las provocadas por las larguísimas listas de espera en sanidad o el fracaso de la educación pública en Andalucía, por no citar la precariedad y lentitud de la justicia. De todo esto trata de escapar un buen número de ciudadanos que se buscan la vida con dinero, relaciones, influencias, “enchufes” o “padrinos”, y que pretenden evitar el entorno imperfecto. Todos quieren superar una presunta igualdad que lesiona sus más elementales derechos y luchan por su particular desigualdad privilegiada. Es bien visible que la inclusión o no en las múltiples listas electorales pertenece a esta lucha. Legítima.

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

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