Los extremeños se han manifestado en Madrid pidiendo un “tren digno”. Es justo y necesario. Hace casi cincuenta años atravesé por primera vez Extremadura por carretera de norte a sur y me quedé extasiado casi como los “cien mil hijos” que presentaron armas en Despeñaperros. Ellos, ante la belleza de Andalucía. “¡Cómo se puede ser tan hermosa y tan pobre!”. –“Tu eres bobo, Manuel, ¡qué tendrá que ver la riqueza con la belleza, el culo con las témporas!”. A pesar del zasca de realismo de mi acompañante, aún sigo enfrentado a la paradoja cada vez que visito la región que durante años había tenido sólo como referencia de unas gentes que venían desde lejos al País Vasco en busca de un mejor futuro y empezaban en el servicio doméstico y en la construcción. Bastante lejos de su objetivo. En todos los sentidos. En veinte años, desde 1955, más de 800.000 extremeños emigraron a otras regiones de España, porque hacían falta, porque lo necesitaban, y porque una vigente teoría de la localización aconsejaba mover a las personas antes que mover los tajos. Sin más análisis. Hoy todo ha mejorado mucho. Extremadura sigue siendo igual de hermosa o más, tiene algo más de un millón de habitantes en la mitad de extensión de Andalucía, y 25,92 habitantes por kilómetro cuadrado frente a los 234 de Cataluña y los 300 del País Vasco. Se sigue despoblando, si es que no forma ya parte de la España vacía. La cuestión es que su renta per cápita es de 16.370 euros, la mitad que la del País Vasco, el 70% de la catalana. ¿Cuál es la causa del retraso? ¿Cuáles las evaluaciones de las medidas aplicadas hasta ahora? ¿Cuáles las soluciones actuales? Empecemos por la dotación de factores físicos. Extremadura está lejos, a desmano, tiene vecinos pobres, y accesos irregulares según desde dónde y cómo. Robert Kaplan en 2012 habló de la venganza de la geografía para expresar la importancia geoestratégica y también económica del “contexto geográfico y las realidades naturales”. Algunos geógrafos piensan que la tesis es anticuada porque ahora se dedican al urbanismo, los sociólogos a la política y los políticos a lo que pillen.

Para salvar esas barreras naturales hace falta la intervención humana, léase inversiones. O sea, ahorro o endeudamiento. Pero eso es demasiado ortodoxo. Y copio que “en una democracia es inevitable que surjan fuertes presiones sociales hacia el consumo inmediato, demandas salariales y de servicios públicos que erosionan el ahorro y hacen imposible la inversión”. Hurgo en los presupuestos de la Comunidades Autónomas y en los del Estado y compruebo la escasez de inversiones públicas, mientras la inversión privada anda retraída con el corazón en vilo. Es la venganza de la mala política. La consigna es vivir el momento. Si es inoportuna la solidaridad con el presente, ¿cómo no iba a serlo con el futuro? Extremadura seguirá siendo atractiva, bella y emprendedora. Y pongamos que aquí hablo de Andalucía.

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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