Lealtad y Seguridad

 

Se lo pedimos tanto a los sistemas como a las personas, lealtad y seguridad. Dos características virtuosas que apreciamos porque nos facilitan la vida, incluso nos allanan el camino hacia la felicidad. Ante la deslealtad e incertidumbre intrínseca a la naturaleza, al caos y a lo desconocido, reclamamos la previsibilidad y la certeza en el comportamiento de quienes están cercanos y tienen albedrio y capacidad suficiente. Tratar –y mucho menos convivir- con alguien desleal o imprevisible, es una aventura excitante que siempre acaba mal. Lo mismo ocurre con las instituciones y grupos sociales a los que pertenecemos y con los que interactuamos. Las cualidades de confianza y reciprocidad generalizada son la base de lo que se denomina “capital social”, y que no solamente produce una rentabilidad en términos de convivencia sino también de carácter económico, y desde Weber hasta hoy, pasando por Fukuyama, se ha considerado un factor explicativo de la diferencia de la riqueza entre naciones. Pero sospechando que aquello tan pesimista de que “el lobo es un lobo para el hombre” no carece de fundamento, los humanos inventamos el Estado moderno para sustituir con sus leyes a la ley de la selva que es hacia la que derivamos en cuanto nos sueltan. Entonces es al Estado y a sus variadas “franquicias” al que se debe reclamar también lealtad y seguridad, ambas virtudes absolutamente en crisis. Los empresarios ya tienen bastante con las incertidumbres propias de su negocio para soportar la avalancha de normas públicas con cambios y añadidos, y no les abrumo con datos que están al alcance de todos, aunque les sugiero que accedan a las agendas normativas (lo que se nos viene encima) del Gobierno, de la Junta de Andalucía o de las instancias europeas con capacidad regulatoria. Al elevado número se añade la mala calidad técnica, jurídica o simplemente sintáctica que hace que la interpretación y valoración (que añaden sus propias carencias) sea confusa y contradictoria.

Ante el juicio llamado de los ERE en Andalucía, se puede especular sobre las sentencias pero no sobre la incertidumbre, la lentitud y la disparidad de las argumentaciones. Un ejemplo más de inseguridad y de la compleja litigiosidad que hace saltar por los aires y sustituye a todos los atributos del buen capital social. Siendo el de los ERE un asunto de deslealtades múltiples, nada comparable al caso extremo del separatismo catalán, que implica un cambio de lealtades precedido de una retahíla de engaños, con fundadas sospechas sobre la continuidad de los mismos. Como gato escaldado, ya en todos los acuerdos entre gobiernos y administraciones -y uno será el de financiación autonómica- se hace figurar explícitamente el requisito de “lealtad institucional”. Porque lo habitual es lo contrario: ser desleal con la otra parte e incluso con el árbitro, aunque se trate del Tribunal Constitucional.

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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