Llamada (efectos) en agosto

 

A un conspicuo empresario andaluz le preguntaron por qué había contratado a una ignara y cesada política andaluza y contestó sin ambages: “porque los que gobiernan se le ponen al teléfono”. A la esposa del presidente Sánchez se le va a poner mucha gente al aparato, lo cuál no desdice que además tenga experiencia y conocimientos para ocupar muchos y bien remunerados empleos, a los que sin embargo no pueden acceder otros y otras en sus mismas condiciones y méritos salvo esa capacidad de penetrabilidad telefónica. Entiendan que es sólo una metáfora del poder de aquello que antes se denominaba “estar bien relacionado“ y que ahora se concreta en un extenso “networking”, una agenda de teléfonos bien nutrida que resulta más útil que el más florido currículo. Esa valoración y práctica resulta algo socialmente admitido, aunque en el caso de doña Begoña sea criticable por su carácter aditivo sobre los gestos caciquiles, innecesarios, clientelares, inoportunos e incoherentes que prodiga su presidencial esposo. Que “te cojan el teléfono” directamente o saltando una barrera de concertinas secretariales, dice mucho de la capacidad de influencia, y la actitud contraria expresa un rechazo y un desprecio que ha mutado con la universalidad de la telefonía móvil, pero no se evita con mensajes, contestadores o la excusa de “es que lo tenía en silencio”.

Cualquier llamada supone un intento de aproximación, un requerimiento y un cierto intento de atracción del que llama sobre el “llamado” que puede terminar en éxito o fracaso.  Al fin y al cabo es un juego de incentivos positivos y negativos, que muchos sitúan en la base de todo fenómeno económico. Así que no resulta impropio hablar de un “efecto llamada” en relación con los fenómenos migratorios cuya contraportada sería ese “efecto huida” que nada añade al básico concepto de elección entre dos situaciones, la de llegada y la de salida. Ni teórica ni empíricamente falta análisis académico sobre el proceso, y los europeos somos expertos en “movernos” temporal o definitivamente por casi todas las causas posibles: por las guerras, las deportaciones, por el clima, por la economía, por la religión, y hasta por placer y por capricho. La decisión siempre se sustenta en el saldo entre lo que se espera y “todo” lo que se deja, y tiene en cuenta la evaluación de los riesgos y los costes de transacción implicados en un contexto de información imperfecta y de manipulación de terceros. En fin, un lío en el que ningún político quiere asumir los costes, y donde el “efecto llamada” es central. En agosto, Sánchez y Merkel se han reunido en Doñana, un buen sitio para marear la perdiz y hasta al lince, y lo más que podemos esperar es que nos quedemos como estamos pero con algo más de ayuda monetaria, quizá con la esperanza de que la situación se autorregule. Paciencia y buenos sentimientos. Que nadie se llame a engaño.

 

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

Dejame tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *