Lobreguez en agosto

 

Al polifacético escoces (¡cuánto debe el conocimiento científico a Escocia!) Thomas Carlyle se le ocurrió a mediados del XIX etiquetar de “ciencia lúgubre” a la Economía. Se debate si quería hacer referencia al pesimismo de Malthus, a la condición de escasez que exige lo económico o a alguna otra circunstancia relacionada con la desgracia y la miseria. Menos pesimista resulta aceptar que el adjetivo “dismal” situaba nuestra materia en oposición a la “gay science”, la gaya ciencia del trovar y cantar, mucho más propia de cigarras que de las laboriosas y económicas hormigas. Me digo que la economía da muchas alegrías, y me respondo que lo que alegra en realidad es la abundancia, mucho más si se alcanza sin esfuerzo. Por eso lo que advierto, y me conmueve ahora que termina agosto, es una tristeza colectiva que viene tanto de la enfermedad como de sus remedios, y que debemos superar si queremos sanar y, además, aliviar el empobrecimiento. El mensaje y lemas que anteponían radicalmente la salud a la economía y planteaban un dilema insuperable, han conducido a una situación en que el deterioro económico es incalculable (están por ver los resultados finales) pero tampoco se han evitado los muertos. Mucho más razonable resulta la estrategia que se plantea respecto a la educación, donde se persigue evitar la enfermedad sin dejar de atender las necesidades educativas de nuestros niños y jóvenes. Esta compatibilidad es, sin duda, un objetivo más ambicioso y mucho más político si lo que la política pretende es la conciliación de contrarios, el equilibrio de intereses legítimos y el bienestar.

Los de Pedro Sánchez decidieron convertir el estado de alarma en alarma del estado, provocada por el autoritarismo único, el confinamiento y el cerrojazo. Maneras muy del gusto de aquellos comunistas del centralismo democrático y ahora practicadas por los ministerios detentados. Poner el derecho a la salud por delante de otros derechos fundamentales queda muy populista pero no sale gratis, como lo demuestran las consecuencias de cepillarse los derechos individuales y más concretamente los derechos a la libertad, hasta que los jueces ponen pegas al respecto. Si se pueden compatibilizar el derecho a la salud y, por ejemplo, el derecho al sufragio o, como ahora se pretende, el derecho a la educación, también se podía haber atendido más a los relacionados con la actividad económica. El centralismo y el “aparcamiento” de las cuestiones pendientes en esta materia ha sido la norma y ello trae en parte causa de la lobreguez de todas las previsiones para 2020: decrecimiento del -15%, paro 24%, déficit y deuda los que la contabilidad creativa y la UE nos permitan. Para Andalucía añadan ustedes los diferenciales habituales. Conocido el fiasco del turismo y la ineptitud burocrática en la tramitación de las ayudas nacionales y europeas, queda rezar y confiar en la sensatez restante de algunos políticos y agentes económicos.

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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