Vaya aquí por delante un lamento y pésame por la pérdida física de Julio Anguita tan ligado a Andalucía, a la coherencia y al buen tono, tan “rojo” pero no “progre” según propia confesión. En enero, antes del virus, se ufanaba legítimamente Anguita de la inclusión de cuatro comunistas en el gobierno bipolar: dos de carnet y dos de procedencia. Los de carnet, Garzón y Díaz, el primero de Consumo y la ministra, de Trabajo y Economía Social. El primero de irrelevancia relativa y la segunda con importantes competencias en una circunstancia donde el desempleo va a carcomer el país y su gestión requiere habilidad de orfebre y precisión de relojero, además de cantidades ingentes de dinero. El que escribe vivió tiempo ha en un pequeño municipio francés de gobernanza comunista donde los servicios públicos funcionaban bien y la “accountability” (responsabilidad) se concretaba, por ejemplo, en una trimestral comunicación a los vecinos de la ejecución del presupuesto municipal, situación impensable en cualquier ayuntamiento español de hace cincuenta años, y me parece que también de ahora. Los comunistas han tenido un decisivo papel en la democratización y progreso de la sociedad española, aportación no adecuadamente remunerada en las urnas, lo que ha provocado su cobijo en etiquetas y movimientos indignados más seductores, de esos que Anguita podía incluir en la “progresía”, tendencia que se acentuó después de que les cayera encima el muro de Berlín. Para los jóvenes inexpertos de diecisiete años con una dictadura encima, el comunismo tenía el atractivo doble del coraje y de los ideales, y los repelentes de la dictadura del proletariado y de los medios que justificaban el fin. Pelillos a la mar superables en la fase superior de la sociedad comunista. Además, los historiadores habían calificado a comienzos del siglo XX el fantasma que recorría Europa como una esperanza para la humanidad frente a la explotación, el fordismo y el capitalismo salvaje, esperanza que reventó a finales del siglo.

Lo cierto es que algunos no hemos tenido la experiencia directa de un efectivo poder comunista en España hasta su coincidencia actual con una situación de cerrojazo a la actividad económica por mor de la reacción ante la pandemia. En estos tiempos se suceden las intervenciones ministeriales: alguna rancias, otras sorprendentes, y otras enigmáticas. El de Consumo denuesta el turismo y la de Trabajo afirma, gratuitamente, que la ortodoxia económica coincide con sus planteamientos y declara inoperante la “lógica presupuestaria”. Sin embargo la aplica cuando anuncia 80.000 millones más en impuestos, que exigirían la coerción, la expropiación y la confiscación. Siento advertir que esa “lógica” no favorecería al crecimiento económico ni al empleo, y que tampoco sería suficiente como gasto paliativo recurrente. Un siglo después siguen en la colisión entre fines y medios equivocados.

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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