Máquinas y hombres

 

Ahora que vamos a elecciones múltiples usted como yo pensará votar a los mejores, a los más eficaces y a los más honrados, pues ya puede usted perder toda esperanza. Diversas y autorizadas opiniones afirman que siempre nos gobernarán tipos mediocres y venales, cuando no verdaderos idiotas y que los sistemas deben estar preparados para ello. Esta decepcionante hipótesis de trabajo suele estar en la base de todo institucionalismo, como también de cualquier sistema de control automático o servomecanismo más o menos sofisticado sobre los que los ingenieros lo saben casi todo. Digo “casi” porque a veces la máquina es tozuda, se equivoca y se empeña en impedir la corrección humana y el avión se estrella. Es la excepción porque la regla es que las máquinas sean cada vez más inteligentes, más creativas y, sobre todo, incansables. Cotidianamente nos impiden que hagamos barbaridades al volante, nos pasemos de frenada o nos carguemos la caja de cambios, y llegarán a prescindir de nuestras órdenes en plan piloto automático. Si no, al tiempo. Y vuelvo al institucionalismo socioeconómico, incluido el económico, porque son la cultura, las organizaciones y los “protocolos” y “algoritmos” sociales bien diseñados los que evitan los daños potenciales de los dirigentes imbéciles y malvados, que lo son porque los elegidos no tienen por qué ser radicalmente diferentes de los electores. Hasta la denostada “jaula de hierro“ weberiana tiene efectos beneficiosos frente a las ocurrencias individuales de adanistas y detentadores de la verdad. Tipos como Trump no son letales porque el sistema de contrapesos (“checks and balances”) funciona regularmente bien y el nuestro no lo está haciendo tan mal a la vista de parámetros objetivos tanto desde el punto de vista social como económico. El Banco Central Europeo de Draghi  también funciona como un regulador centrífugo que abre y cierra el grifo casi automáticamente o al menos previsiblemente según las señales, y algo de esto tienen también los denominados incorrectamente “estabilizadores automáticos”.

En lo político ya veremos, porque lo que algunos quieren es cambiar el software político (y si fuera posible el “hardware”, monarquía incluida); eso sí, para instalar otro que favorezca a sus intereses de grupo, que en eso consisten las revoluciones con o sin rebelión. Porque en esta interactuación o simbiosis hombre-máquina, ciudadano-sistema, aún queda mucho por hacer como hemos visto en los accidentes de los Boeing en Etiopía e Indonesia. Leo que en este último desastre los pilotos trataron más de veinte veces de resituar de modo correcto la inclinación del avión, pero la “máquina” no se dejó, erre que erre. Al final todo acaba en el individuo que toma decisiones, pero que también construye máquinas que deciden. La cosa, en el fondo, es realmente simple: se necesitan los mejores aviones pero también los mejores pilotos. A esos hay que votar.

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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