Mejor me lo cobras

 

Desde el comienzo de lo que llamamos revolución de las TIC, de la digitalización o de las comunicaciones, sabemos que los espías y vigilantes lo tienen más fácil. Escuchar conversaciones privadas por interés, divertimento o morbo es de las actividades más innobles y gratificantes del ser humano y se remonta a su aparición sobre la tierra. Ocurre que, como tantas cosas, este viejo fenómeno se ha acelerado y casi transformado con el advenimiento de los “gadgets” tecnológicos que nos han uncido a una serie de dispositivos que actúan como agentes dobles: nos informan e informan a otros, les vemos y escuchamos y “a la recíproca”, nos fisgan. Los últimos modelos de televisores inteligentes previenen de hablar cerca del aparato porque éste nos escucha, posiblemente aprende y, casi con seguridad, transmite. La cuestión se agrava con el teléfono móvil y el asistente personal que ya reina en muchos hogares, y que no sorprende a mis nietas cuando tras el “ábrete, sésamo” obligado le ordenan que reproduzca un cuento o una canción. Que Google y otros nos escuchan es sabido hace años, aunque la cuestión reverdece cuando aparece una nueva noticia como la reciente en una televisión belga sobre las escuchas y el análisis del lenguaje que hacen los expertos de las conversaciones mantenidas con el asistente virtual. Se excusan los “cotillas” bajo el pretexto de que son sólo un bajo porcentaje, que el objetivo es mejorar la calidad, y que las conversaciones siguen siendo privadas porque quienes las analizan son robots. Ustedes dirán.

La protección ante este desaguisado que atenta contra la intimidad y la dignidad se reclama, como es costumbre en todo, a los Estados o a los Mercados. Las regulaciones estatales tratan de imponer sistemas de protección de datos que si poca virtualidad tienen desde el punto de vista punitivo, menos lo tienen desde el preventivo. Sólo añaden costes y burocracia ante la innovación continua, el dinamismo y la codicia de los agentes que nos escuchan, investigan y “perfilan”, ya sean públicos o privados. Hay quienes vislumbran que ya los datos son una mercancía susceptible de compraventa y que los ciudadanos obtendrán con ello unos ingresos adicionales, vendiéndolos hasta el nivel que se desee, y que éste es el mercado que hay que organizar. Ambos sistemas son imperfectos, y los ejemplos tremendos de lo que ocurre en los sistemas financiero, energético o medioambiental son preocupantes. Ante esta aporía irresoluble, reclamo la responsabilidad del individuo que deja entrar en su casa voluntariamente y en su círculo cachivaches electrónicos, milagrosos servicios de mensajería o redes varias con el incentivo añadido de que son “gratis”, porque nada lo es aunque del seguro pago se desconozca su especie y vencimiento. Ante algunos regalos sospechosos reclamen pagarlos. Desconfíen de lo gratuito y conjeturen cuales pueden ser las contrapartidas. Luego no se quejen.

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

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