Mercado sentimental

 

Si fuera verdad que las bolsas de valores son el termómetro de la economía el enfriamiento de la nuestra ya estaría aquí. Ocupados en la detenida contemplación de nuestro ombligo político parecemos ignorar que nuestra deuda externa supera los dos billones de euros, que el déficit persiste, que el crecimiento se resiente y que a los Bancos Centrales se les ha mojado la munición monetaria, así que estamos quedando a la intemperie económica. Síntoma anticipatorio es la evolución bursátil que sintoniza con la temperatura económica y que desde 2016 viene dando tiritones, de ahí que los inversores anden buscando abrigo. Sabido es que en 2018 nuestro “selectivo” IBEX 35 perdió un 15% y que 2019 aparece cubierto de una escarcha que los analistas “fundamentales” atribuyen a las guerras comerciales, al “Brexit”, a los chinos, a Italia, al petróleo y a todos los elementos reales que señalan esos expertos inimputables que en las crisis hacen el ridículo. Yo me entretengo más con la quiromancia del análisis técnico y escruto tendencias, figuras, precios y volúmenes. Tampoco acierto mucho pero me divierto más. A gestores y brokers, nacionales y foráneos, acoso con preguntas envenenadas, porque si los yanquis suben los tipos de interés la bolsa cae y si los bajan también cae, y después de intentar escaparse de las contradicciones con hipótesis de rescate e informaciones “descontadas”, acaban en el ungüento amarillo explicativo: resulta que el sentimiento del mercado es malo. Recorrí un largo camino docente desde la finanzas más bien contables al predominio de los modelos matemáticos para acabar aterrizando en la economía psicológica, conductual o emotiva, esa que conecta con los “animal spirits” de Keynes, esa que resultó paralela al auge de la inteligencia emocional que tantos disgustos nos va dando al exacerbar el populismo y mandar al diván del psiquiatra a Aristóteles, a Descartes, a la Ilustración, a Montesquieu y a toda su parentela.

El mercado tiene malos sentimientos y ante ese mal rollo nada importa que suba o baje el petróleo o el tipo de interés, y solo queda identificar un chivo expiatorio que llevar al sacrificio o inventarse conspiraciones justificativas. Este moderno argumentario sin duda oculta una tremenda ignorancia pero sirve para salir del paso y nos conecta con las intervenciones divinas, con el carisma, el tótem y la suerte. Y sirve para ganar dinero porque el negocio no está en hacer crecer el pelo, sino en vender “crecepelos”. Como siempre. Visto el previsible enfriamiento (ahora lo llamamos “contracción”) yo les recomiendo prudencia, sano escepticismo, sentido común y confianza en uno mismo. Frente al mal sentimiento de mercado el mejor antídoto son los buenos sentimientos personales: los de siempre. La solidaridad, la compasión y la honradez, aunque esto les huela a esencia de moralina barata. Pero es que en estas fechas no sólo el mercado puede ponerse sentimental.

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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