Ni lluvia ni precios a gusto de todos

 

Desde nuestra tierna infancia aprendemos que el “dos” manda, que la dicotomía es la operación clasificatoria por excelencia, los tuyos o los míos, los amigos y los enemigos (una manía obsesiva de Schmitt), “l’enfer c’est les autres” (un pesimismo de Sartre), y entre el “ser” y el “no ser” no existe término medio si nos ponemos aristotélicos. Con el “tres” ya entramos en el misterio y con el “siete” abordamos el camino de la suerte que se corta en seco con el “trece”. El “uno” es endiosado y soberbio, pero el “dos” es más conciliador y erótico, el omnipresente. En Sevilla nos miramos un ombligo dual, como si lo de Joselito y Belmonte se pudiera repetir hasta el infinito aquí y sólo aquí, pero ustedes saben que en todas partes cuecen “doses”, tirios y troyanos, indios y vaqueros, rojos y azules. En la vida está hasta en la sopa y en economía reina en las clasificaciones, las teorías y, sobre todo en los dilemas: ¿consumo o inversión? ¿oferta o demanda? ¿inflación o deflación? ¿exportación o importación? Algún economista audaz se aventuró por el camino de los trilemas, y el último (que yo sepa) fue Rodrick que nos puso a cavilar sobre la incompatibilidad simultánea de globalización, democracia, y soberanía, cavilación que no conduce a nada útil. Lo que resulta de Perogrullo es que lo que para uno es precio para otro es coste, el ingreso tiene espalda de gasto, y por cada deudor hay un acreedor. El mensaje económico que llega inteligible y contundente al común de los mortales es el precio, ya sea del dinero, del trabajo, o de cualquier otro bien o servicio. ¿Son mejores los precios bajos que los altos? Reconozcamos que los precios son “señales” imprescindibles, pero también que si el precio tiende a cero la demanda tiende a infinito. Que ese exceso de demanda produce “externalidades” negativas (tal que listas de espera y aglomeraciones peligrosas) y que los vendedores bajarán salarios y calidad.

El Jano ciudadano, con una cara de consumidor y otra de productor, no termina de aclararse. No puede. La hegemonía turística del llamado “low cost” nos disgusta porque llena la ciudad de veladores y de multitudes que además gastan poco, llevan mochila y nos restan espacio y servicios públicos. Otra cosa es cuando somos nosotros los que “turisteamos” en Florencia, Paris o Nueva York. Cuando el Mercado se enfrenta a un dilema se reclama la presencia de un árbitro en forma de Estado, que termina con el problema creando algunos más. Resulta que los bajos precios son malos, pero prueben ustedes con los precios altos. Al final el dilema sólo tiene arreglo con responsabilidad ciudadana y cumplimiento de las normas por parte de todos, y algo de paciencia frente a lo que se nos viene encima los próximos meses. La lluvia es buena y el turismo necesario. Habrá que prepararse para capear el temporal porque nunca llueve a gusto de todos.

 

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

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