No es país para viejos

 

En la actualidad el número de muertes por coronavirus en España llega a 28.628 y el de las acontecidas con COVID-19 en residencias de ancianos asciende a 19.008, o sea más de un 66%. Si se añade las muertes de “no residentes”, la cifra puede sobrepasar el 80%. Bastante más que ese 20% que representan los de más de 64 años sobre el total de la población nacional. Pongan ustedes delante de los datos todas las cautelas que quieran del tipo “por ahora”, “ya veremos”, “aproximadamente” e incluso “según dicen” porque la “métrica” de la pandemia está siendo tan mala que presumir de exactitud sería necedad. También porque resulta superfluo para llegar a la conclusión de que nuestra sociedad –quizá todas, en todo lugar, y desde siempre- da por obsoletos y prescindibles a los viejos, ancianos, mayores o cualquier otra denominación paliativa que se utilice. Obvio de toda obviedad. Diga usted que hay muchos muertos y habrá alguien que le precise que realmente es porque la sociedad está envejecida, justificación certera pero que en el contexto actual suena a disculpa, a “qué se esperaba usted”: la ancianidad es la antesala de la muerte, así que pase usted. Claro que resulta molesto anticiparla por sorpresa o que se produzca por causas evitables; o que se meta en el mismo “saco” (no es metáfora) a las 2.398.395 personas entre 65 y 69 años y a las 16.303 de 100 años o más: todos son viejos o viejas. La catástrofe que estamos viviendo ha traído a dramático primer plano una situación justificada por el imaginario implantado que enfrenta la conocida secuencia “viejo-feo-enfermo-inútil” con la de “joven-bello-sano-útil”, y prescindo del femenino por cortesía y economía.

Pero lejos del lógico fatalismo que acompaña a nuestra extinción y del consuelo de tontos por el destino de todo el género humano, cabe el terrenal empeño de evitar que los “mayores” no pasen más penalidades que las inevitables. Entre los cientos de deberes pendientes del gobierno está la llamada reforma del sistema de pensiones, la medicalización de las residencias, las mejoras en la movilidad y de los servicios médicos. A los viejos les ilusiona los miles de kilómetros de carril bici, pero más necesitan unos pavimentos que no sean trampas vietnamitas, unas bicicletas y patinetes que no les atropellen, unos sistemas de transporte accesibles y amigables. ¡Ojo! los viejos son un objetivo presupuestario: gasto en pensiones, en sanidad; ingreso en impuestos cuando fallecen. Para lo sociológico y político, para el pesimismo moral, ya tuvimos el análisis de Simone de Beauvoir sobre la vejez. Para lo poético, nos queda Yeats en su navegación lírica hacia su Bizancio imaginaria, hacia el fin de una existencia útil y feliz, la meta de una vida para ser vivida, aunque con la convicción inevitable de que “That is no country for old men”. Entre tanto, vayamos a lo concreto y práctico: hagamos un país mejor para los viejos.

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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