Lo valioso es siempre escaso o, para entendernos, el tiempo abundante carece de valor. No es un bien económico. Hay que llenarlo, dicen, porque no se llena espontáneamente. El adjetivo “económico” le da prestigio como bien, como mercancía: se “da” tiempo, se presta, se tiene o se gana, valor de cambio y valor de uso, también se pierde el tiempo y hay quien lo encuentra para algo o para alguien, o busca tiempo para emplearlo en deberes o placeres. A mi me pasa que por momentos tengo una borrachera de tedio y “spleen” ocasionado por el confinamiento, con sensación de haber leído todo lo leíble, escuchado todo, visto lo visible, escrito lo necesario, e instantes después se atoran los proyectos como en una puerta giratoria y se empujan los libros, las redes sociales, las pelis, las series, los artículos, peleando por salir y me encuentro diciendo a todos : “no tengo tiempo”. Pasa que necesitamos un coctel personal de riesgo y seguridad, de volatilidad y estabilidad, y también de volubilidad y monotonía. Pero el encierro, tarde o temprano acaba siendo un trago largo de rutina pura, esencia de monotonía. Ya me resultan monótonas las apariciones en ruedas de prensa virtual de las comisiones técnicas y del mismo Sánchez que hay que ver lo que se lo curran, él y sus asesores, con lo divertidas que resultan algunas de las intervenciones. Reconozco que la estrategia de comunicación es magnífica y pasará a la historia como pasarán los muertos y las torpezas. La jerarquización de personajes, la repetición de mensajes, la mutiportavocía mixta civil y militar, el buen funcionamiento del teleprompter o autocue, el cuidado lenguaje corporal del protagonista, la casi perfecta elocución. Que mienta o informe sesgadamente ya no es cosa de la retórica, que sólo responde a criterios de eficacia comunicativa. Algo cansinas me resultan las apelaciones a los expertos y a la ciencia, que en esto del virus no están quedando muy bien con las víctimas. Arrojarse la ciencia a la cabeza es un herramienta tertuliana que sirve para defender desde el salario mínimo a la lucha de clases, y no es un chiste.

También los expertos tan anónimos como los difuntos, que también es estrategia comunicativa. Harry Truman apuntaba que “un experto es alguien que no quiere aprender nada nuevo, porque entonces no sería un experto”. Y ya a esta alturas usted debe saberlo todo sobre las posibles estrategias para combatir la epidemia y luego la salida de la recesión, y sobre la dialéctica entre salud y economía, falsa y sesgada. Yo me fío de quienes teniendo el método y la técnica confiesan desconfiar de los datos y de los hechos. “Cuando los datos económicos solo sirven para desorientarse, ¡para qué perder el tiempo”, leo a uno de los mejores, o sea alguien sincero. Yo confío en nuestras fuerzas, en las de ustedes, en el género humano. En la Providencia. El resultado juzgará, porque a buen fin, no hay mal principio.

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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