Obviedades peligrosas

 

Ando algo intranquilo porque gran parte de lo que ocurre me parece obvio. Lógico, evidente resulta, si uno aplica un razonamiento elemental, que el gobierno de Sánchez impida que el Rey asista a un acto de jueces en Cataluña, que los jueces se quejen (“sentimos un enorme pesar”), que el monarca manifieste que le “hubiera gustado estar” y que la “extremosa” izquierda denuncie la presunta falta de neutralidad real y arremeta contra las instituciones. Todo obvio de toda obviedad. O si lo quieren más claro se “veía venir”, “qué tiene de raro” o, en moderna coletilla, “como no podía ser de otra manera”. No hace falta mucha paranoia conspiranoica para pensar que los que viajan en el vientre del gigantesco caballo de madera no lo hacen por turismo ni por deporte sino para conquistar el cielo del poder con paciencia y sin molestos escrúpulos. Son la vanguardia expedicionaria de otros que colaboran desde fuera y que, más cautos, esperan el desembarque y su oportunidad para el saqueo de la Troya constitucional. ¿A quién le extraña que los políticos vean cualquier conflicto en forma de asa (Mirabeau) o como una oportunidad para el desgaste, desmoralización, ostracismo o procesamiento del contrario? ¿A quién le podrá extrañar que el asedio de Madrid se traslade a Andalucía cuando sea oportuno? Tampoco me sorprende que la extensión del modelo de mercado conviva con una hegemónica (Gramsci estaría feliz) movilización intelectual y populista contra, digámoslo al fin, el capitalismo. Palabra maldita, connotadora y denotadora, que sintetiza la culpa y los males del cambio climático, de la pobreza, de la desigualdad, de la violencia de género, del heteropatriarcado, y hasta de la pandemia y sus remedios. Teniendo un culpable todo es más fácil. Un pecador imposible de cristianar aunque se le de apellidos diversos: capitalismo de rostro humano, capitalismo democrático, capitalismo de Estado.

Encarnado en las grandes empresas y usurpador de la tecnología ahora se le imputa que nos vigila, manipula, persuade, y utiliza nuestros datos para satisfacernos y dominarnos. Los intelectuales “descubren” que su servicialidad no era gratis, principio obvio de toda estrategia económica, y se rasgan las vestiduras. Aquí surge el debate sobre la neutralidad de la tecnología y la parcialidad de quienes la usan, que aparcamos para otro momento no sin advertir que el maestro de la intromisión en lo privado y en su manipulación siempre ha sido el Estado. Por doquier dominan agencias fiscales y tributarias, institutos de opinión y estadísticas, policías de todo tipo y rango, centros de “inteligencia”, confidentes y chivatos espontáneos, que lo saben todo de usted. Disponen de recursos y tecnologías que usan sin control, o peor con control ideológico, y no precisamente para vender libros, automóviles o latas de conservas como hace el capitalismo. Por eso, obvio, Orwell ha resucitado, si es que alguna vez murió.

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

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